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 La Santificación de Nuestra Mente

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hgo1939
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MensajeTema: La Santificación de Nuestra Mente    Jue Dic 25, 2014 2:16 pm

La Santificación de Nuestra Mente

Pensar es una manera de vivir. Pensar, y estar alerta al hecho de que pensamos es ser consciente; la vida sin conciencia es nada más que una sombra de vida, no tiene ningún significado y es de ningún valor al individuo. Nuestros pensamientos son el producto de nuestro pensar, y como nuestros pensamientos son de tanta importancia para nosotros, es imprescindible que aprendamos a pensar correctamente.
No me interesa aquí esa clase de tremenda cerebración que se conoce como "pensamiento profundo". Pocos de nosotros tenemos el equipo intelectual que nos capacite, o la fuerza de voluntad que nos impulse, a tal heroico ejercicio mental. Estoy considerando aquí esa clase de pensamiento que hace cada persona normal, cada minuto del día desde su nacimiento hasta su muerte.
Después de todo, no son nuestros profundos pensamientos los que le dan forma a nuestro carácter, sino la quieta atención de nuestra mente al mundo que nos rodea, día por día, a través de toda nuestra vida. Los hombres son influenciados más por el pensamiento ordinario de cada día, que por alguna creación excepcional de su mente como sería un formidable poema o un extraordinario cuadro. Las hazañas del pensamiento pueden crear reputación, pero los hábitos de pensamiento forman el carácter. Los logros fenomenales del pensamiento de Alberto Einstein, por ejemplo, nada tuvieron que hacer con el tipo de hombre que fue. Pero el constante, nada dramático pensar de cada día, envuelto en el medio ambiente que le rodeaba, fue casi todo lo que más tuvo que ver con el carácter.
Todos vivimos en dos medio ambientes, uno es el del mundo que nos rodea, el otro el de los pensamientos que tenemos acerca del mundo. El vasto mundo no puede afectamos directamente; se hace cercano a nosotros por nuestros pensamientos, y es para nosotros solo aquello que le permitimos ser.
Tres hombres que van caminando juntos pueden estar habitando tres mundos diferentes. Imaginémonos a un poeta, un naturalista y un leñador caminando juntos por un bosque. La mente del poeta irá volando hacia atrás al tiempo cuando esos poderosos árboles que se elevan sobre su cabeza eran apenas un diminuto tallo en la tierra. Piensa en los poderosos de este mundo que en ese entonces lucieron coronas y dominaron imperios, pero que desde largo tiempo han desaparecido de la escena de este mundo y han sido olvidados por todos menos algunos historiadores.
El mundo del naturalista es mucho más pequeño y más detallado. Escucha él el dulce y apenas audible canto del pajarillo que se oculta entre las ramas, y trata" de descubrir al diminuto y alado trovador; sabe qué clase de musgo es ese que cuelga de los centenarios troncos; ve lo que otros no ven, las marcas de la zarpa de un oso en la corteza de un árbol, y sabe que el animal ha pasado recientemente por allí.
El mundo del leñador es todavía más pequeño. No le preocupa ni la historia ni la naturaleza, sino la madera. Juzga el diámetro y la altura del árbol, y hace un cálculo rápido de cuánto rendirá en el mercado. Su mundo es el pesado mundo del comercio. No ve nada más allá de él.
Es obvio que el mismo mundo exterior se ha tornado en tres mundos por virtud del pensamiento diferente de tres hombres. Los sucesos externos y las cosas exteriores son solamente la materia prima; el producto terminado es lo que la mente hace con ellos. Judas Iscariote y Juan el amado vivieron en el mismo mundo, pero ¡cuan diferentemente lo interpretaron! Lo mismo puede decirse de Caín y Abel, Jacob y Esaú, Saúl y David. Por estos ejemplos aprendemos que las circunstancias no hacen a los hombres; es la reacción a las circunstancias lo que determina la clase de hombres que ellos serán.
¿Qué, entonces, podemos hacer los cristianos? La respuesta es: "Haya en vosotros la misma mente que estuvo en Cristo Jesús". "¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?" Todo el contenido de la mente del cristiano puede y debe ser modificado y condicionado por el Espíritu Santo que habita en él. Dios desea que pensemos los pensamientos que son de El. El cristiano maduro en oración y lleno del Espíritu Santo posee la mente de Cristo, de modo que sus reacciones al mundo exterior son las mismas de Cristo. Piensa acerca del mundo y de las cosas de la misma manera que pensó Cristo. La vida se convierte en el néctar crudo que el Espíritu Santo en él convierte en la dulce miel del paraíso.
Pero esto no es automático. Para hacer su graciosa obra Dios necesita la cooperación inteligente de Su pueblo. Si queremos tener los pensamientos de Dios debemos pensar continuamente en Dios. "Dios piensa de cada uno de nosotros continuamente, como si no tuviese a nadie fuera de nosotros", dice Francisco Malaval, "y por lo tanto es justo que pensemos solamente de El, como si no tuviésemos a nadie más que a El".
Debemos pensar acerca del mundo y las cosas que nos rodean contra el fondo de los pensamientos que tenemos de Dios. El cristiano experimentado nunca pensará acerca de nada directamente; sus pensamientos van primero a Dios, y de Dios a Su creación. Sus pensamientos, igual que los ángeles en la escala de Jacob, suben y descienden, y Dios está sobre todo presidiéndolo todo.
Para tener una mente espiritual debemos tener pensamientos espirituales. "Tornaos a vosotros mismos, hermanos . . . porque es imposible para nosotros ser reconciliados y unidos a Dios si primero no nos volvemos a nosotros mismos... esforzándonos constantemente a conservar la atención en el reino de los cielos que está dentro de nosotros".
Así escribió Nicéforo, un padre de la iglesia ortodoxa griega, en el siglo 14, y desde entonces nada ha cambiado. Dios debe poseer todos nuestros pensamientos si nosotros hemos de tener la santificación de nuestra mente.
A.W. Tozer
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