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 La Futilidad de la Compunción

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hgo1939
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MensajeTema: La Futilidad de la Compunción    Sáb Dic 27, 2014 4:13 am

La Futilidad de la Compunción

El corazón humano es herético por naturaleza. Las creencias religiosas populares deben ser examinadas siempre a la luz de la Palabra de Dios, porque es casi seguro que son malas.
El legalismo, por ejemplo, es muy natural al corazón del hombre. La Gracia, en su verdadero significado neotestamentario es extraña a la razón humana. No que sea contraria a la razón. Es que, simplemente, está más allá de ella. La doctrina de la gracia tuvo que ser revelada; no podía ser descubierta.
La esencia del legalismo es la autoexpiación. El individuo trata por si mismo de hacerse agradable a Dios por algún acto de restitución, de autocastigo o de compunción. El deseo de ser agradable a Dios es por cierto recomendable, pero el esfuerzo de agradar a Dios por medio de las buenas obras seguramente no, porque se asume con esto que el pecado que una vez fue cometido puede ser desecho, una suposición completamente falsa.
Bastante tiempo después que hemos aprendido por las Escrituras que nosotros no podemos por el ayuno, o al vestirnos de cilicio, o con hacer muchas oraciones, hacer expiación por nuestras almas, todavía tendemos a pensar por medio de una perniciosa herejía natural que podemos agradar nuestras almas por medio de la penitencia de una perpetua compunción. Esta última es la penitencia no reconocida del protestante. Aunque dice creer en la doctrina de justificación por fe, en su corazón sigue creyendo que lo que llama "tristeza o pena según Dios" lo pondrá bien con Dios. Está atrapado en el tejido de un sentimiento religioso equivocado, aunque tiene mejores conocimientos.
Hay por supuesto un buen sentimiento de pena que guía al arrepentimiento, y hay que reconocer que este sentimiento no está muy a menudo presente entre los cristianos con poder suficiente para obrar verdadero arrepentimiento. Pero la persistencia de este sentimiento de dolor hasta que se vuelve una dolencia crónica no es correcto ni bueno. La compunción es una clase de arrepentimiento frustrado que no ha llegado a consumarse.
Una vez que la persona se ha vuelto por completo de todo pecado y se ha entregado por entero a Dios, ya no queda lugar legítimo para la compunción. Cuando la inocencia moral ha sido restaurada por el amor perdonador de Dios, la culpa puede ser recordada, pero el dolor de esa culpa debe irse de la memoria. El hombre perdonado sabe que pecó, pero ya no lo siente.
El esfuerzo de ser perdonado por medio de las buenas obras es algo que nunca termina, porque nadie sabe, ni puede saber, cuántas buenas obras tiene que hacer para cancelar toda la deuda. Por eso el individuo debe seguir año tras año haciendo pagos a esa deuda moral, un poco aquí y allí, con el agravante además que a veces aumenta la deuda mucho más allá de los pagos. La tarea de llevar la cuenta puede ser interminable y la única esperanza que le queda al pagador es que con el último pago que haga, tenga un buen crédito y que la deuda haya sido por completo cancelada. Esta es una creencia bastante popular, el perdón por el esfuerzo propio, pero es una herejía natural y al fin termina con traicionar a los que dependen de ella.
Se puede argüir que la falta completa de arrepentimiento se debe a una pobre comprensión de lo que es el pecado, pero la verdad está en el lado opuesto. El pecado es tan aterrador, tan destructivo al alma, que ningún pensamiento o acto humano puede disminuir en algún grado sus letales efectos. Solo Dios puede tratar con el pecado exitosamente. Solo la sangre de Cristo puede limpiar el pecado de los poros del espíritu. El corazón que realmente ha sido liberado de este temible enemigo no siente más compunción, dolor o pena, sino un maravilloso sentimiento de alivio y una gratitud creciente.
El hijo pródigo honró mucho más a su padre cuando volvió regocijándose por el perdón que lamentándose por el pecado. Si el joven de la historia hubiera tenido menos fe en su padre que la que tuvo, se hubiera echado en un rincón a llorar, en vez de alegrarse y entrar a gozar de la fiesta. Su confianza en el perfecto amor del padre le dio coraje para olvidar su desastroso pasado.
La compunción corroe el alma, así como la tensión roe los nervios y la ansiedad la mente. Yo creo que la permanente infelicidad de muchos cristianos puede ser atribuida a esa mordiente intranquilidad que los hace pensar que Dios no los ha perdonado completamente, o al temor de pensar que Dios espera de ellos alguna clase de pena continua que aun falta. A medida que nuestra confianza en la bondad de Dios crece, nuestras ansiedades disminuyen, y por lo mismo, nuestra felicidad moral crece en proporción inversa.
Por otro lado, la compunción puede ser nada más una forma del amor propio. Un hombre puede formarse una imagen tan elevada de sí mismo, que cualquier falla que experimente puede sumirlo en un estado de depresión y culpa. Siente que se ha traicionado a si mismo por un pecado cometido, y aun si Dios está queriendo perdonarlo, él no se perdona a si mismo El pecado trae a tal hombre a un estado de dolor que no se olvida fácilmente. Está permanentemente enojado consigo mismo y trata de castigarse acudiendo a Dios con frecuentes y petulantes autoacusaciones. Este estado de mente cristaliza al fin en un estado de compunción crónica que parece ser un estado de profunda penitencia y no es más que una profunda prueba de amor propio.
La pena por un pasado pecaminoso permanecerá en nosotros hasta el momento que comprendamos que en Cristo ese pasado pecaminoso ya no existe. El hombre en Cristo tiene solo el pasado de Cristo, y ese pasado es perfecto y aceptable a Dios En Cristo ha muerto, en Cristo ha resucitado, y en Cristo está sentado en el círculo de los favoritos de Dios. Ya no está más enojado consigo mismo, porque no es más consciente de sí mismo, sino de Cristo. Y aquí no hay lugar para la pena.
A.W. Tozer
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