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 ¿Que le ha sucedido a la adoración? Cap. 4

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hgo1939
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MensajeTema: ¿Que le ha sucedido a la adoración? Cap. 4   Mar Ene 13, 2015 7:21 pm

¿Que le ha sucedido a la adoración? Cap. 4
Adán tuvo una caída, y recibió un terrible golpe. Envuelta con él en la catástrofe estaba Eva, su mujer. Luego, cuando trataron de sacudirse de encima de sus mentes aquella niebla, mirándose el uno al otro, se dieron cuenta de que ya no sabían quiénes eran, y que no sabían por qué vivían. No conocían el propósito de Su existencia.
Desde aquel tiempo, los hombres y las mujeres, alejados de Dios y tratando de existir en un planeta enfermo," caído, han estado diciendo aturdidos: «¡Ni siquiera sé por qué nací!*
Los que han seguido la revelación dada por el Dios Creador han aceptado que Dios nunca hace nada sin un propósito. Creemos, por ello, que Dios tenia un noble propósito en mente al crearnos. Creemos que fue concretamente la voluntad de Dios que hombres y mujeres creados a Su imagen desearan la comunión con Él por encima de cualquier otra cosa.
En Su plan, debía tratarse de una comunión perfecta basada en una adoración devota del Creador y Susten¬tador de todas las cosas.
Si estás familiarizado con el Catecismo Breve, sabes que hace una pregunta antiquísima y escrutadora: «¿Cuál es el principal fin del hombre?»
La sencilla pero profunda respuesta dada por el Ca¬tecismo está basada en la revelación y sabiduría de la Palabra de Dios: «El principal fin del hombre es glorificar a Dios y gozar de El para siempre.- Esto no necesita de traducción alguna para una persona reflexiva. Adorar y glorificar a Dios: éste es el principal fin de cualquier hombre y mujer.
¿Por qué tantos se lo han perdido? ¿Por qué tantos han quedado ignorantes del amor de Dios y del plan de Dios a lo largo de toda una vida? ¿Por qué tantos mal¬dicen todas las situaciones desagradables de sus vidas, clamando al final en la desesperación de la impotencia: «¡Oh, si ni siquiera sé por qué nací en este mundo!-?
¿Cómo pudo quedar tan totalmente frustrada la vo¬luntad del Creador para todos los hijos e hijas de Adán, tan totalmente excluida?
En este día de pecado abierto, de violencia y de trans¬gresión, tenemos que señalar que hay una negación casi universal de la voluntariosa y pecaminosa caída de la raza humana, que se registra fielmente en el libro del Génesis.
Dejad que os asegure que es sólo mediante la revelación dé Dios en Su Palabra que podemos aprender las cosas que tenemos que saber acerca de nosotros mismos.
La Palabra de Dios nos habla con franqueza de la gran conmoción que sufrimos, resultando en nuestra entumecedora amnesia. Es el triste registro de la caída del hombre de las perfecciones de su estado original. Cuando Adán y Eva decidieron en aquel amanecer que tenían el derecho de poner sus voluntades por encima de la voluntad de su Dios Creador, experimentaron una terrible caída. El resultado de ella fue que perdieron la identidad que Dios les había dado.
Trataron de sacudirse la niebla de sus mentes y de sus seres, pero al mirarse el uno al otro, se dieron cuenta de que ya no conocían el propósito de su existencia.
Habían quedado repentinamente afligidos por una extraña amnesia, precipitada por su voluntarioso pecado de desobediencia. Ya no sabían de manera exacta quiénes eran. Ya no poseían aquel sentimiento divino de a qué y para hacer qué habían sido creados.
¡Qué tragedia! Creados para ser un espejo del Omni¬potente, Adán y Eva perdieron la gloria de Dios. Hechos a Imagen de Dios, Adán y Eva eran más semejantes a Él que los ángeles de los cielos.
Dios había creado al hombre para mirarlo y ver reflejado en él más de Su gloria que la que podía ver reflejada en los estrellados cielos. Pero ahora el espejo estaba empañado y distorsionado. Cuando Dios miraba al hombre pecador ya no podía ver Su propia gloria.
El hombre desobediente había devenido el hombre pecador. Había fallado en cumplir el propósito de su creación: adorar a su Creador en la belleza de la santidad.
Hombres y mujeres de nuestro tiempo, cansados y culpables y perdidos, están demasiado absortos con las tragedias de sus propias familias y sociedades para mirar retrospectivamente a la gran y abrumadora tragedia que llamamos la caída del nombre.
Es una tragedia múltiple, porque Dios había dicho con placer: 'Hagamos al hombre a nuestra imagen- (Gé¬nesis 1:26). Luego, inclinándose. Dios tomó barro, le dio forma al hombre, e insufló aliento de vida en sus narices. El hombre de Dios había llegado a ser un alma viviente.
El Creador le dijo entonces al hombre que mirara alrededor al resto de la creación.
«Todo esto es tuyo, y yo soy tuyo», le dijo Dios. «Te miraré a ti y veré en tu rostro el reflejo de Mi misma gloria. Éste es tu fin. Has sido creado para adorarme, para glorificarme, y para tenerme para siempre como tu Dios.»
Pero cuando Dios se retiró por un momento, aquel malvado, el dragón que se llama Satanás, envenenó las mentes del hombre y de su esposa. Y pecaron contra Dios.
Cuando Dios volvió, vino como si no supiera acerca de la tragedia. Llamó: -Adán, ¿dónde estás?» Adán salió de su escondite, conociendo de sobra su culpa y ver¬güenza.
Dios le preguntó: -Adán, ¿qué has hecho?»
Adán confesó: -Comimos del fruto del árbol que tú nos prohibiste: pero ¡fue la mujer la que me llevó a ello!»
Dios le preguntó a la mujer: "¿Qué has hecho?», y ella dijo: «¡Fue la serpiente que me engañó!»
En aquel breve momento nuestros primeros padres aprendieron el arte de echarle la culpa a otro. Ésta es una de las grandes y reveladoras evidencias de pecado... y nosotros lo hemos aprendido directamente de nuestros primeros padres. No aceptamos la culpa de nuestro pe¬cado y enfermedad. Le damos la culpa a otro.
Si tú no eres el hombre que debieras ser, seguramente le echarás la culpa a tu mujer, a tus antepasados, o quizá al lugar en que trabajas. Si no eres el joven que debieras ser, siempre podrás darle la culpa a tus padres. Si no eres la esposa o mujer que debieras ser. Podrás echarle la culpa a tu marido, o quizá a los niños.
Siendo el pecado lo que es, preferiríamos darle las culpas a otros. Inculpamos, inculpamos, inculpamos. Es por esto que estamos donde estamos.
Por esto es que la enfermedad se apodera de noso¬tros y nos arrastra a la muerte. Es por esto que sobre¬vienen accidentes. Es por esto que hay cárceles y hospitales mentales y cementerios. Sí todo debido a la gran tragedia y desastre que llamamos la caída del hombre.
¿Es éste el fin definitivo? ¿Es esto todo lo que hay?
¡No! ¡No! Ésta es nuestra respuesta a todos los miem¬bros de la raza humana: ¡Tenemos maravillosas noticias para ti! Es la buena nueva de que el Dios que nos creó no nos abandonó. Él no dijo a los ángeles: -¡Eliminadlos y borradlos de Mi memoria!»
No, lo que dijo fue: -¡Oh, yo sigo queriéndolos! ¡Sigo queriendo que sean el espejo en el que pueda mirar y ver Mi gloria! Quiero seguir siendo admirado por Mi pueblo. Sigo queriendo que Mi pueblo goce de Mí y me tenga para siempre.»
Así que Dios envió a Su Hijo unigénito mediante el milagro de la Encarnación. Cuando Jesús anduvo por la tierra Él fue el reflejo de la gloria de Dios. El Nuevo Testamento dice que Él es el resplandor de la gloria de Dios y la fiel representación de Su ser real. Cuando Dios miró al hijo de María, se vio reflejado en Él.
¿Qué quería decir Jesús cuando decía a las gentes de Su tiempo: «el que me ha visto a mí, ha visto al Padre»?
Estaba diciendo en realidad: «Cuando me veis a Mí, estáis viendo reflejada la gloria del Padre. He venido a acabar la obra que Él me ha dado que hiciera.»
Dios fue glorificado en Su Hijo, aunque en la muerte de Su Hijo aquella gloria quedó terriblemente desfi¬gurada. Hombres pecadores le mesaron la barba, amo¬rataron Su rostro, le arrancaron los cabellos, ensangren¬taron Su frente. Luego le clavaron en la cruz. Allí gimió y sudó y sufrió durante seis horas antes de entregar por fin Su espíritu y morir.
Las campanas del cielo sonaron porque el hombre perdido había sido ahora redimido. El camino del per¬dón y de la aceptación estaba ahora abierto para los pecadores.
Al tercer día, Jesús resucitó de los muertos. Desde en¬tonces ha estado a la diestra de Dios. Dios ha estado ocupado redimiendo a personas, volviéndolas a Sí, de vuelta al propósito original de que fueran espejos de Su gloria.
Si, la adoración del amante Dios es toda la razón de la existencia del hombre Es para esto que nacemos, y es por esto que renacemos de lo alto. Es por esto que Hemos sido creados, v es por esto que hemos venido a formar parte de la nueva creación. Es por esto que hubo un génesis al principio, y es por esto que hay una re-génesis, llamada regeneración.
— Es por esto también que hay una iglesia. La iglesia cristiana existe, ante todo, para adorar a Dios. Todo lo demás debe venir en segundo, tercer, cuarto o quinto lugar.
En Europa, hace muchas generaciones, el querido santo de Dios. Hermano Lorenzo, estaba en su lecho de muerte. Perdiendo como perdía rápidamente su fortaleza física, dio testimonio a los que estaban reunidos a su alrededor: »¡yo estoy muriendo! ¡Estoy haciendo lo que he estado haciendo durante los pasados 40 años, y haciendo lo que espero que voy a hacer durante toda la eternidad!»
¿Y qué es esto?-, le preguntaron. Él contestó rápi¬damente: «¡Estoy adorando al Dios a quien amo!»
Adorar a Dios; esto era algo primario para el Hermano Lorenzo. Estaba también muriendo, pero esto era algo secundario. Él sabía para qué había nacido en este mundo, y sabía por qué había nacido de nuevo.
Si. y el Hermano Lorenzo sigue ahora adorando a Dios. Él murió y enterraron su cuerpo en alguna parte, pero la suya era una alma viviente, creada a imagen de Dios. Así que sigue adorando con todos los santos alrededor del trono de Dios.
Tristes son, bien tristes, los clamores de tantos en la actualidad que nunca han descubierto para qué nacie¬ron. Esto nos trae a la mente la descripción del poeta Milton de la patética perdición y soledad de nuestros primeros padres. Expulsados del huerto, dice él, -se cogieron de la mano, y a través del valle emprendieron su camino de soledad».
¡Jesús es el Señor!
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