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  MARAVILLADOS POR LA PRESENCIA DE DIOS CAPITULO 6

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hgo1939
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MensajeTema: MARAVILLADOS POR LA PRESENCIA DE DIOS CAPITULO 6   Vie Ene 16, 2015 2:48 pm


MARAVILLADOS POR LA PRESENCIA DE DIOS
CAPITULO 6

En el año en que murió el rey Uzias. Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo.
Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban.
El uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo es Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.
Los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz de los que clamaban, y la casa se llenó de humo.
Entonces dije: ¡Ay de mí!, que estoy muerto; por¬que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de un pueblo de labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.
Entonces voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; Y tocando con él mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y expiado tu pecado.
Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá de nuestra parte? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. Isaías 6:1-8

A TRAVÉS DE LOS AÑOS he oído con bastante frecuencia decir a personas educadas e inteligentes: «Deja que le diga cómo descubrí a Dios.»
Si estos descubridores se dedicaron desde entonces en adelante a una humilde y fervorosa adoración de Dios no lo puedo decir. Lo que sí sé es que todos nosotros estaríamos en profundos problemas y aún alejados de Dios si Él en Su gracia y en amor no se nos hubiera revelado a nosotros.
Me siento un poco irritado o dolorido ante la continua esperanza de tantas personas de que podrán alcanzar a Dios -comprender a Dios, tener comunión con Dios- por medio de sus capacidades intelectuales. ¿Cuándo se darán cuenta de que si pudieran llegar a «descubrir" a Dios con el intelecto, serian iguales a Dios? Haríamos bien en inclinarnos hacia la clase de descu¬brimiento de Dios descrito por el profeta Isaías:
En el año en que murió el rey Uzias, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo (6:1).
Ahora bien, lo que Isaías vio fue totalmente distinto y diferente de todo lo que había visto antes. Hasta este momento en su vida, Isaías se había familiarizado con las buenas cosas que Dios había creado. Pero nunca había sido introducido en la presencia del Increado.
Para Isaías, así, el violento contraste entre lo que es Dios y lo que no es Dios fue tal que su mismo lenguaje sufrió bajo el esfuerzo por expresarlo.
Significativamente. Dios estaba revelándose al hom¬bre. Isaías hubiera podido dedicarse millones de años a tratar de alcanzar a Dios mediante su intelecto sin posi¬bilidad alguna de lograr el éxito. Todo el poder cerebral acumulado en todo el mundo no podría llegar a Dios Pero el Dios vivo, en el espacio de un solo segundo en el tiempo se puede revelar al espíritu bien dispuesto. Es sólo entonces que un Isaías, o cualquier otro hombre o mujer, puede decir con humildad pero con certidumbre: «Le conozco.»
A diferencia de los hombres. Dios nunca actúa sin un propósito. Aquí Dios se estaba revelando a sí mismo a Isaías con unos propósitos eternos. Isaías ha tratado de darnos un verdadero registro, pero lo que verdaderamente sucedió es más grande que lo que escribió Isaías en la proporción en que Dios es mayor que la mente humana. Isaías confiesa que nunca antes había visto al Señor sentado en un trono.
Los modernos críticos de este registro de Isaías nos advierten en contra del peligro del antropomorfismo, es decir, el intento de aplicar a Dios ciertos atributos hu¬manos.
Nunca me han hecho miedo las palabras hinchadas. Que lo llamen como quieran, yo sigo creyendo que Dios está sentado en un trono, investido de una soberanía que le es intrínseca. Creo, también, que Dios se sienta en un trono decidiendo todos los acontecimientos, en último término, según el propósito que se propuso en Cristo Jesús antes que comenzara el mundo.
Ahora, debido a que estamos tratando acerca de la adoración, consideremos los goces y deleites de las cria¬turas celestiales, los serafines, alrededor del trono de Dios. Éste es el registro de Isaías:
Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban.
Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo es Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.
Conocemos bien poca cosa acerca de estos seres creados, pero me siento impresionado por su actitud de adoración exaltada. Están cercanos al trono, y arden de amor fervoroso hacia la Deidad. Estaban entregados a sus cánticos antifonales: «¡Santo, santo, santo!»
Me he preguntado a veces por qué los rabinos y los santos e himnistas de aquellos antiguos tiempos no llegaron al conocimiento de la Trinidad ya sólo con la alabanza de los serafines: «Santo, santo, santo.- Yo soy trinitario: Creo en un Dios, el Padre Omnipotente, ha¬cedor de los cielos y de la tierra. Creo en un Señor Jesucristo, Hijo del Padre, engendrado por Él antes de todos los tiempos. Creo en el Espíritu Santo, el Señor y dador de la vida, quien juntamente con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado.
Ésta es una conmovedora escena: la adoración de los serafines a Dios. Cuanto más leo mí Biblia tanto más creo en el Dios Trino y Uno.
En la visión de Isaías los serafines estaban cantando sus alabanzas a la Trinidad 800 años antes que María clamara gozosa y su Bebé llorara en el pesebre de Belén, cuando la segunda persona de la Trinidad, el Hijo Eterno, vino a la tierra para morar entre nosotros. Las palabras clave entonces, y la clave aún de nuestra adoración tiene que ser: «¡Santo, santo, santo!»
Estoy descubriendo que muchos cristianos no se sienten verdaderamente cómodos con los santos atri¬butos de Dios. En tales casos me veo obligado a pregun¬tarme acerca de la calidad de la adoración que tratan de ofrecerle.
La palabra «santo» es más que un adjetivo diciendo que Dios es santo: es una adscripción extática de gloria al Dios Trino y Uno. No estoy seguro de que sepamos exactamente lo que significa, pero creo que deberíamos intentar una definición.
Sólo la persona moral absoluta puede describir a Dios Todo lo que aparece como bueno entre hombres y mujeres tiene que quedar excluido, porque somos humanos. Ninguno de nosotros es moralmente puro. Abraham. David y Elías; Moisés, Pedro y Pablo, todos ellos fueron hombres buenos. Fueron incluidos en la comunión de Dios. Pero cada uno de ellos tuvo sus fallos y debilidades humanas como miembros de la raza de Adán. Cada uno de ellos tuvo que hallar el lugar del humo de arrepen¬timiento. Por cuanto Dios conoce nuestros corazones y nuestras intenciones. Él puede restaurar a Sus hijos sinceros y creyentes que están en la fe.
Mucho de nuestro problema en persistir en comunión con un Dios santo es que muchos cristianos se arrepienten sólo de lo que hacen, en lugar de por lo que son.
Nos sería de ayuda para preocuparnos acerca de la calidad de nuestra adoración cuando consideramos que la reacción de Isaías fue la de un sentimiento de absoluta profanidad ante la presencia de la pureza moral del Ser divino. Consideremos que Isaías era un joven recomen¬dable: con cultura, religioso y primo del rey. Hubiera sido considerado un buen diácono en cualquier iglesia. Hoy se le pediría que sirviera en una de nuestras juntas misioneras.
Pero aquí Isaías se sintió atónito. Se sintió lleno de maravilla, todo su mundo disolviéndose repentinamente en un vasto resplandor eterno. Se vio denunciado frente a aquel resplandor: rojo y negro, los colores del pecado.
¿Qué había sucedido? Isaías, sólo humano, había per¬cibido a Uno cuyo carácter y naturaleza exhibían la perfección. Sólo podía lograr testificar: «Mis ojos han visto al Rey.
La definición de "Santo, santo, santo- tiene, desde luego, que dejar lugar para el «misterio- si, en nuestros intentos de adorar, debemos tener una apreciación eficaz de nuestro Dios.
Hay líderes en varios círculos cristianos que saben tanto acerca de las cosas de Dios que se ofrecen a res¬ponder a cualquier pregunta que puedas tener.
Podemos esperar a responder a las preguntas de manera útil hasta donde podamos saber. Pero hay una sensación de misterio divino que atraviesa todo lo referente al reino de Dios, mucho más allá del misterio que los científicos descubren que atraviesa el reino de la naturaleza.
Los hay que pretenden saberlo todo acerca de Dios, que pretenden poderlo explicar todo acerca de Dios, de Su creación, de Sus pensamientos y de Sus juicios. Se han unido a las filas de los racionalistas evangélicos. Terminan eliminando el misterio de la vida y de la ado¬ración. Cuando han hecho esto, también han excluido a Dios.
La clase de actitud de .sabelotodo- acerca de Dios que vemos en algunos maestros en la actualidad los deja en una posición muy difícil. Tienen que criticar rotunda¬mente y condenar a cualquier otro hombre que adopte una postura ligeramente diferente a la de ellos.
Nuestra inteligencia, facilidad de palabra y elocuen¬cia pueden, quizá, traicionar nuestra falta de la maravilla divina sobre nuestros espíritus, callada y maravillosa, que emite un susurro: -Oh Señor Dios. Tú lo sabes.»
En Isaías 6 vemos una clara exhibición de lo que le sucede a una persona en el misterio de la Presencia. Isaías, abrumado dentro de su propio ser sólo puede confesar con humildad: «¡Soy hombre de labios inmundos!-
Os recuerdo que Isaías reconoció la «foraneidad-, algo del misterio de la Persona de Dios. Ante aquella Presencia. Isaías no encontró sitio para bromas ni para un inteligente cinismo ni para una familiaridad humana. Encontró foraneidad en Dios, esto es una presencia desconocida para el humano pecaminoso, mundano y autosuficiente.
Una persona que ha sentido lo que Isaías sintió nunca podrá hacer bromas acerca de «El de arriba- ni acerca de «Alguien allá arriba que me ama.»
Una de las actrices que seguía frecuentando los clubes nocturnos tras su supuesta conversión a Cristo fue citada como diciéndole a alguien: «¡Deberías conocer a Dios! Sabes. ¡Dios es sencillamente una preciosidad viviente!- Leí acerca de otro hombre diciendo: «Dios es una buena persona.-
Confieso que cuando oigo o leo estas cosas siento dentro un enorme dolor. Hermano, hermana, hay algo acerca de nuestro Dios que es diferente, que está más allá de nosotros, que está por encima de nosotros, tras¬cendente. Tenemos que estar humildemente dispuestos a abrir de par en par nuestros corazones y rogar: «Oh Dios, resplandece Tú en mi entendimiento, porque nun¬ca te hallaré de otra manera.-
El misterio, la foraneidad, están en Dios. Nuestro Señor no espera de nosotros que nos comportemos como zombies cuando nos convertimos a Cristo Pero sí espera que abramos nuestra alma al misterio que es Dios. Creo que es apropiado para nosotros decir que un cristiano genuino debería ser un misterio andante, porque desde luego es un milagro andante. Por medio de la conduc¬ción y del poder del Espíritu Santo, el cristiano está involucrado en una vida diaria y en unos hábitos que no se pueden explicar. Un cristiano debería tener sobre si un elemento que esté más allá de la psicología -más allá de todas las leyes naturales, teniendo que ver con las leyes espirituales-.
Dios es fuego consumidor. Se nos dice que horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. ¿Recuerdas el pri¬mer capitulo de Ezequiel? El atribulado profeta vio los cielos abiertos. Le fue dada una visión de Dios. Y luego observó seres vivientes de cuatro rostros en medio del fuego.
Creo que en nuestro testimonio y ministerio los cris¬tianos deberíamos ser hombres y mujeres de fuera del luego. Porque nuestro Dios es santo. Él es activamente hostil contra el pecado. Dios solamente puede arder de continuo y para siempre contra el pecado. En otro pasaje, Isaías pregunta: "¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quien de nosotros habitará con llamaradas eternas?- (33:14).
Isaías no pensaba acerca de los que quedarían sepa¬rados de Dios, estaba pensando acerca de una compañía que querría vivir para Dios y morar con Dios. Él responde a su propia pregunta: -El que camina en justicia y habla lo recto... éste habitará en las alturas- (33:15, 16).
El Ejército de Salvación siempre ha tenido como su lema: «Sangre y Fuego». Yo estoy por esto en las cosas de Dios. Sabemos de la purificación por la sangre de Cristo. Las referencias a las obras de Dios tienen que ver a menudo con una llama santa. Juan el Bautista señaló a la venida de Cristo y dijo: «Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento... él os bautizará en Espí¬ritu Santo y fuego- (Mateo 3:11).
Cuando Isaías clamó: «¡Ay de mí!, que estoy muerto-, fue un clamor de dolor. Fue el clamor revelador de la consciencia de impureza. Estaba experimentando el des¬moronamiento de la criatura puesta ante la santidad del Creador.
¿Qué debería suceder en una conversión genuina? ¿Qué debería sentir un hombre, una mujer, en la tran¬sacción del nuevo nacimiento? Debería haber aquel verdadero y genuino clamor de dolor. Es por esto que no me gusta la clase de evangelismo que trata de invitar a la gente a la comunión con Dios haciéndoles firmar una tarjeta. Debería haber un naci¬miento desde arriba y dentro.
Debería haber el terror de vernos en violento contraste con el santo, santo, santo Dios. A no ser que lleguemos al lugar de la convicción y del dolor, no estoy seguro de lo profundo y verdadero que sea jamás nuestro arrepentimiento.
Hoy, no se trata de la cuestión de si tenemos la purificación de Isaías, sino de si tenemos su consciencia. Él era impuro, y, gracias a Dios, se hizo consciente de ello. Pero el mundo hoy es impuro y parece ser casi totalmente inconsciente de este hecho.
La impureza con inconsciencia tendrá terribles con¬secuencias. Esto es lo que va mal con la iglesia cristiana y con nuestro protestantismo. Nuestro problema es la depravación que sigue dentro del círculo de los justos, de los llamados a ser santos, entre aquellos que pre¬tenden ser grandes almas.
Nos gusta la visión y la consciencia de Isaías. Pero no nos gusta pensar en el carbón encendido sacado del fuego y puesto sobre la boca del profeta.
Purificación por sangre y fuego. Los labios de Isaías, simbólicos de toda su naturaleza, fueron purificados mediante fuego. Dios podía decirle entonces: «Es quitada tu culpa- (6:7).
Así fue como el asombrado y dolorido Isaías pudo llegar genuinamente a un sentimiento de una justicia moral restaurada. Así es como halló instantáneamente que estaba listo para la adoración, y también que estaba listo y ansioso para el servicio en la voluntad de Dios.
Y a cada uno de nosotros nos tiene que tocar el fuego de la gracia de Dios, si queremos tener esta certidumbre de perdón y de restauración moral. Es sólo por medio de las honduras del amor perdonador de Dios que hombres y mujeres pueden ser restaurados así y dispuestos para servirle.
De la misma manera, ¿hay alguna otra forma en la que nosotros las criaturas de Dios, podamos preparar¬nos y quedar listos para adorarle?
Sólo puedo recordaros nuestras grandes necesidades en este día terrible en el que hombres y mujeres están haciendo todo lo posible para disminuir a Dios a su tamaño. Muchos creen también que es posible lograr el control del Dios soberano, y bajarlo en el pensamiento hasta un plano en el que puedan emplearle a Él como quieran.
Incluso en nuestros círculos cristianos somos sus¬ceptibles de depender de técnicas y métodos en la obra que Cristo nos ha dado para hacer. Sin una dependen¬cia completa en el Espíritu Santo sólo podemos fracasar. Si hemos sido engañados a creer que podemos hacer la obra de Cristo por nosotros mismos, nunca será llevada a cabo.
El hombre a quien Dios vaya a usar tiene que ser deshecho. Tiene que ser un hombre que haya visto al Rey en Su hermosura. Nunca demos nada por supuesto acerca de nosotros, hermano mío, hermana mía.
¿Sabéis qué es lo que más me angustia? ¿Sabéis qué es por lo que más oro en mi obra pastoral? Por mi mismo. No lo digo por parecer humilde, porque durante toda mi vida he predicado a gente mejor que yo.
Os digo otra vez que Dios nos ha salvado para ser ado¬radores. Que Dios nos muestre una visión de nosotros
mismos que nos baje hasta el punto de la devaluación total. Desde allí podrá elevamos a adorarle y a alabarle
y a testificar de El.
¡Jesús es el Señor!

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