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 El propósito recuperado

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hgo1939
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MensajeTema: El propósito recuperado   Sáb Feb 28, 2015 11:14 am

El propósito recuperado
Deseo liberar mi alma como profeta de Dios y explicar, basándome en la Biblia, por qué fuimos creados y estamos aquí. Puede que no satisfaga las necesidades temporales, pero sí algo mayor, de mayor importancia y eterno. Este propósito, definido bíblicamente, es que adoremos a Dios y disfrutemos de Él para siempre. Aparte de esto, el hombre no tiene propósito; y sin este, deambula de un lado a otro, sumido en la desorientación espiritual que cada vez le obstaculiza más descubrir el propósito para el que fue creado.
Dios nunca hace nada sin un buen propósito. El es sabio e inteligente, porque el intelecto es un atributo de la deidad. Este intelecto se aprecia en todos los aspectos de la creación. Nada de lo que hay en ella carece de significado, incluso aunque en ese momento no lo veamos ni lo comprendamos.
En lo más hondo del corazón de toda persona, existe el anhelo insaciable de conocer este propósito de la vida que, según afirmo yo, es indicativo del residuo del recuerdo anterior a la Caída en el huerto del Edén. Los hombres y las mujeres luchan por conocer el «porqué» de todas las cosas. Manifiestan una inquietud constante y legítima, y plantean una pregunta elemental que exige una respuesta satisfactoria. El problema es que la mayoría de las personas obtiene la respuesta equivocada.
Sin embargo, existe una respuesta buena y legítima a esta búsqueda; se resume en el siguiente versículo: “Rebosa mi corazón palabra buena; dirijo al rey mi canto... Y deseará el rey tu hermosura; e inclínate a él, porque él es tu Señor” (Sal. 45:1, 11). Y podría adentrarme incluso más en los Salmos: “Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor” (Sal. 95:6), y el Salmo 96.
Además de esto, podría recurrir a muchos otros pasajes de las Sagradas Escrituras que dirigen a toda la humanidad un llamado a la adoración. Es el eco de la voz de la adoración, que nos dice por qué nacimos: para adorar a Dios y disfrutar de El para siempre. Nos informa que debemos glorificarlo para siempre y, por encima de toda otra criatura, conocer, admirar, amar y adorar al Dios trino. Hemos de dar al Señor aquello que desea. En nuestra Biblia, leemos sobre aquellos que adoran a Dios día y noche en el templo, y nunca cesan de cantar: “...Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Is. 6:3).
Comparemos esto con la iglesia promedio, corriente y moliente, incluso la Iglesia evangélica actual, que parece amar cualquier otra cosa, menos la adoración. Hoy día, lo que pasa por adoración en muchas iglesias es cualquier cosa menos lo que refleja la mente y la naturaleza sagrada de Dios, o lo que le agrada. En muchos casos, la adoración es envarada y artificial, carente de todo aspecto de vida. Me temo que muchos han olvidado del todo lo que significa adorar a Dios en la sagrada asamblea. Encontramos montones de rituales y de rutinas, pero carecen de la pasión arrolladora que conlleva estar en la santa presencia del Padre.
Algunos dicen que la respuesta a todas nuestras dificultades en la Iglesia actual es el avivamiento, como si este fuera la panacea para todos nuestros problemas y fracasos espirituales. Sin embargo, el concepto de avivamiento que tienen muchas personas pasa por toda una gama de reuniones semanales, hasta llegar a una manifestación muy enérgica de sentimentalismo. ¿Qué es el auténtico avivamiento? Es aquel que ha alterado el curso de la historia humana. A lo largo de la historia de la Iglesia, todo avivamiento dio como resultado
una intensificación repentina de la presencia de Dios, que a su vez generaba la adoración espontánea a Él. Cualquier cosa que sea menos que esto es superficial, artificial e incluso perjudicial para la verdadera salud espiritual.
Cuando el Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés, ¿por qué los creyentes comenzaron a hablar en otras lenguas? Fue porque justamente adoraban a Dios por primera vez. La adoración intensiva brotó de sus corazones de forma inesperada. No fue nada planeado ni perpetrado por algún “líder de alabanza”.
Dios estaba en medio de ellos. Siempre que el Espíritu Santo se mueve, lanza un llamamiento al pueblo de Dios para que sean adoradores del Dios Altísimo por encima de cualquier otra cosa. No importa qué otras cosas haga el avivamiento, este debe restaurar el propósito y el significado de ser adoradores.
En el mundo creado por Dios, nada carece de significado o de propósito. La ciencia intenta descubrir el sentido de las cosas y la relación de unas con otras, sus interacciones y sus efectos mutuos. Esto es la ciencia, y yo no tengo nada contra ella. No obstante, la ciencia y los científicos solo tratan las cuestiones a corto plazo y nunca tienen el propósito global de estudiar al hombre como ser creado a imagen de Dios.
Es cierto que la ciencia ha hecho grandes progresos para erradicar algunas enfermedades que en generaciones anteriores arrebataron miles de vidas. Por este motivo, inclinamos con respeto la cabeza y le manifestamos nuestra gratitud más sincera.
Admito que la ciencia, sobre todo la médica, ha introducido grandes mejoras en nuestra calidad de vida. Pero incluso esta faceta tiene sus limitaciones. La ciencia puede librar a un niño de la difteria; salvar a un adolescente de la viruela; evitar que un hombre de veinte años contraiga polio; impedir que un hombre de cincuenta padezca un ataque al corazón y preservar su buena salud hasta los noventa años. Pero la pregunta que planteo es: si ese hombre aún no sabe por qué está aquí, ¿de qué le sirve? Si no sabe por qué está en este mundo ni cuál es su propósito, lo único que hace la medicina es perpetuar una vida carente de dirección o de significado. Si una persona vive solo porque es una alternativa mejor que morir, ¿de qué sirve? Alguien dijo sobre Cristóbal Colón: “Colón zarpó sin saber adónde iba; y cuando llegó no sabía dónde estaba; y cuando regresó ignoraba dónde había estado, y encima lo hizo todo con el dinero de otros”.
Esto es lo que pasa hoy con la religión. Las personas no saben dónde están ni dónde han estado; no saben por qué están aquí ni tampoco adonde van; y lo hacen todo con el tiempo de otro, con dinero y pensamientos prestados, hasta que mueren.
Es posible que la ciencia pueda ayudarle a usted, pero en este caso es impotente. La ciencia puede mantenerlo con vida para que tenga más tiempo para pensar en todo esto, pero nunca le ofrecerá la respuesta a cuál es el propósito de su vida.
Cuando yo tenía diecisiete años, me relacioné con un grupo determinado de personas. No eran personas con estudios y mucho menos científicos. Eran cristianos sencillos, santos y místicos, y los Hermanos de la Vida Común. Eran pueblo de Dios, y tenían una visión del mundo más sencilla y hermosa que cualquier científico. No sabían mucho, desde luego no tanto como un científico, pero sí sabían por qué estaban en el mundo y adonde iban. Celebraban el propósito de su vida adorando a Dios de una forma entusiasta y sin reparos.

Yo no sabría ni la mitad de las cosas que él. Sin embargo, si me encontrase con él en el centro de una ciudad, mientras ambos paseamos, y él no supiera dónde está, sobre ese tema yo sabría más que él.
Es posible que él me parase para preguntarme, de una forma muy culta: —¿Dónde estoy? Yo podría decirle:
—Entre Hamilton y Vineland. —Gracias —respondería él. Yo sonreiría para mis adentros y pensaría: No he estudiado en Alemania ni tengo todos los títulos de este señor, pero sé más que él sobre una cosa. Sé dónde estoy, y él no.
Leí la obra de Albert Einstein sobre la cuarta dimensión y jamás pude entenderla. Dejé de intentarlo, pero me gusta saber algo que Einstein no sabía. Sé por qué estoy aquí. Pertenezco a esa comunidad de cristianos sencillos que creen en un libro llamado la Biblia, que dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1).
Dios hizo al hombre a su propia imagen y sopló en él aliento de vida, para que viviera en su presencia y lo adorase. Luego envió al hombre al mundo para que se multiplicase y llenara la tierra de hombres y mujeres que adorasen a Dios en la hermosura de su santidad. Este es nuestro propósito supremo.
Yo no camino por ahí con la cabeza gacha, con aspecto triste, porque alguien haya escrito más libros que yo, sepa más o haya recibido una educación durante más tiempo que yo. Tengo un pequeño secreto: puedo decirle por qué nací, por qué estoy aquí y cuáles serán mis obligaciones eternas mientras transcurran los siglos.
Las personas sencillas a las que tanto admiro dicen que Dios creó las flores para que el hombre pudiera disfrutar de ellas. Dios creó las aves cantoras para deleite del hombre. Sin embargo, a ningún científico lo oiremos jamás admitir algo tan sencillo. El científico tiene que encontrar algunos motivos complicados sobre qué significa todo esto. El problema es que Dios nunca es su punto de partida. El científico objetaría, diciendo: “Dios no creó las aves para que canten. El único que canta es el macho de cada especie, y solo lo hace para atraer a una hembra con la que reproducirse. Eso no es nada más que un hecho biológico, y punto”.
Yo pienso: ¿Y por qué las aves no podrían limitarse a trinar o algo parecido? ¿Por qué los pájaros tienen que cantar tan bello como el sonido de un arpa? ¿Por qué su canto es tan hermoso? Porque el Dios que los creó es el compositor del cosmos. El los hizo, puso un arpa en sus pequeñas gargantas, los vistió de plumas y les dijo: “Ahora, a cantar”. Y, para mi deleite, las aves llevan cantando desde entonces.
Creo que Dios hizo los árboles para que diesen fruto; pero el científico se encoge de hombros y dice: “Ya están con lo mismo esos cristianos. Qué pandilla de ilusos. Los árboles no dan fruto solo para ustedes, sino para que produzcan semillas y puedan dar más fruto”. Dios hizo los frutos, los bendijo y nos dijo que nos sirviéramos. Dios también hizo los animales del campo para vestir a los seres humanos, como las ovejas que nos dan la lana, para que podamos disfrutar de un hermoso jersey que nos proporcione calor en invierno. Dios creó al humilde gusano de seda japonés, que vive en las moreras, para que tejiera su capullo y elaborase la seda.
A lo largo de la Biblia, los profetas y los apóstoles son testigos de que Dios nos creó con un propósito y, según ellos, este consiste en cantar sus alabanzas ante el público silencioso de toda la creación. Dios creó al gusano de seda para elaborar seda; al ave para que cantase; a la oveja por su lana. Todo en la creación de Dios tiene un propósito.
Contemplando al hombre al que creó, Dios dijo: “He hecho al hombre a mi semejanza, y él estará por encima de todas las demás criaturas”. El propósito supremo del hombre debe estar por encima de las bestias de la tierra, las aves de los cielos y los peces del mar, incluso por encima de los ángeles celestiales. En última instancia, el hombre debe entrar en la presencia de Dios y adorarlo sin ninguna vergüenza, mirando su rostro mientras transcurren las eras. Por eso fue creado el hombre, y ese es el fin primordial de la humanidad. Aparte de esto, no tengo idea de por qué estamos aquí. Dios le dio a usted un arpa y la puso en su propio corazón. Él lo creó para que pudiera ponerse de pie y encantar al resto del universo mientras entona alabanzas al Señor Jesucristo. Por eso fuimos creados a su imagen. Podemos cantar junto a Isaac Watts:

Venid, nuestras voces alegres unamos al coro celeste del trono en redor.
Sus voces se cuentan por miles de miles,
mas todas son una en su gozo y amor.
“Es digno el Cordero que ha muerto —proclaman—,
de verse exaltado en los cielos así”.
“Es digno el Cordero —decimos nosotros—,
pues él por su muerte nos hace vivir”.
Oración
Señor Dios, durante años hemos caminado sumidos en un estado de amnesia espiritual, sin saber quiénes somos, de dónde venimos o cuál es el propósito de nuestra vida. No sabíamos que estábamos hechos a tu imagen, con el único propósito de adorarte. Nuestra vida ha estado vacía, ha sido inútil. Pero Cristo, por medio de la obra del Espíritu Santo, nos abrió los ojos a nuestro verdadero propósito. Ahora nuestros días están llenos de alabanza. Te alabamos con todo nuestro ser, honrándote, adorándote en la belleza de tu santidad. Amén.
Continua… En busca de la identidad perdida del hombre
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