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 La vía de la perfección

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hgo1939
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MensajeTema: La vía de la perfección   Sáb Mar 07, 2015 11:52 am

¡Cómo al pensar en Dios la mente vuela y el corazón se aleja de esta tierra, hastiado ya de goces transitorios y de tanta alegría pasajera! No basta con salvar el alma, para escapar del fuego que es eterno; pensar en Dios el corazón eleva al más sublime anhelo. Dios es del hombre la única morada, aunque arduo y derecho es el camino; y nada menos que ella satisface al amor que anhela a Dios, que es su destino.

Oración ¡Oh tú, Señor del universo! El Dios que creó todas las cosas que existen, que las creó para su placer: te reconozco humildemente como mi Creador. Devuélveme el gozo de tu salvación. Restaura el arpa que llevo dentro y que se rompió. Vuelve a ponerle cuerdas, para que pueda cantar tus alabanzas en el universo y ante todos los ángeles que pueblan tus cielos. En el nombre de Jesús, amén.

El descubrimiento DE LA ESENCIA DEL SER HUMANO
Y deseará el rey tu hermosura; e inclínate a él, porque él es tu señor. Salmo 45:11 Para el estudiante diligente, la Biblia es un libro extraordinario por su coherencia. El énfasis y la sustancia de la Biblia son inquebrantables en su enseñanza: “Dios creó al hombre para que lo adorase”.
Ese Dios, que no necesita nada y que está completo en sí mismo, desea tener adoradores a pesar de todo. Dios, en su naturaleza no creada, es autosuficiente y no carece de nada, pero sin embargo busca que el hombre creado a su imagen lo adore. Esto representa un oxímoron espiritual. El Creador necesita a la criatura. Sobre esta verdad debemos edificar: Dios hizo todas las cosas con un propósito. Su propósito supremo al crear al hombre fue el de tener a alguien capaz de adorarlo y satisfacer su corazón de una forma correcta y suficiente. El hombre cayó a consecuencia del pecado y ahora es incapaz de llevar a cabo ese propósito señalado cuando fue creado. Es como una nube sin lluvia: no da agua.
Es como un sol que no da calor, como una estrella que no da luz o como un árbol que ya no da fruto; es como un pájaro que no canta, como un arpa silenciosa que ya no ofrece su música.
Este es el anhelo en el corazón de Dios, un abismo que llama a otro abismo. La Biblia insiste en que cuando venga nuestro Señor, será admirado; será glorificado en los santos y admirado en todos los creyentes. Vemos que habrá glorificación y admiración, y el Señor vendrá para recibir eso. “Cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron (por cuanto nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros)” (2 Ts. 1:10).
Al diablo le gustaría decirle a nuestras mentes incrédulas que Dios no desea en especial esa adoración que le debemos.
Satanás quiere que creamos que al Señor no le interesa nuestra adoración. Pero la verdad es lo contrario. Dios quiere que el hombre lo adore, y solo el hombre redimido puede adorarlo de manera aceptable. No somos hijos no deseados; Dios desea ardientemente nuestra comunión. ¿Por qué si no, cuando Adán pecó y rompió su comunión con Dios, Él vino en medio del frescor del día y, cuando no lo encontró, lo llamó: “Adán, ¿dónde estás?”? Era Dios que buscaba comunión con Adán, quien había pecado y, por su rebelión, la había roto. El arpa en el interior de Adán había roto sus cuerdas, y su voz se le atascó en la garganta.
Dios nos ha ordenado que lo adoremos; y si se da usted cuenta, en el Salmo 45:11 dice: “Y deseará el rey tu hermosura; e inclínate a él, porque él es tu Señor”. Dios encuentra en nosotros algo que puso en nuestro ser para complacerlo. Esa “hermosura” pertenece a Dios. Esto es bastante opuesto a lo que suele oírse en los púlpitos de las iglesias evangélicas. No solo Dios quiere que el hombre lo adore, sino que este, aun en su estado caído, tiene dentro de él algo que intenta responderle a Dios, aunque no lo logra.
Por lo general, se nos dice que los hombres no quieren adorar a Dios. Sin embargo, no hay una sola tribu en este mundo que no practique cierta forma de religión y de adoración. El apóstol Pablo hablaba de que todo el mundo extendería las manos por si, acaso, pudieran palpar a Dios. Por lo tanto, los hombres anhelan adorar a Dios.
El escritor de himnos Isaac Watts (1674-1748) expresó esto para nosotros con un lenguaje maravilloso:
Al trono majestuoso
Al trono majestuoso
del Dios de potestad,
humildes vuestra frente,
naciones inclinad.
Él es el ser supremo,
de todo es el Señor,
y nada al fin resiste
a Dios, el Hacedor.
Del polvo de la tierra
su mano nos formó,
y nos donó la vida
su aliento creador;
después, al vernos ciegos,
caídos en error,
cual padre al hijo amado
salud nos proveyó.
La gratitud sincera
nos dictará el cantar,
y en tiernos dulces sones
al cielo subirá;
con los celestes himnos
cantados a Jehová
la armónica alabanza
doquier resonará.
Señor, a tu Palabra
sujeto el mundo está,
y del mortal perecen
la astucia y la maldad;
después de haber cesado
los siglos de correr,
tu amor, verdad y gloria
han de permanecer.
Cuando una persona cae de rodillas y extiende sus manos hacia lo alto, hace lo más natural del mundo. Algo en lo profundo de su ser le incita a buscar a alguien o algo fuera de sí que pueda adorar y alabar. En su estado irredento, el hombre ha perdido el camino y no puede definir claramente el objeto de su adoración deliberada, por eso su búsqueda lo aleja de Dios. Cuando no encuentra a Dios, el hombre llena el vacío de su corazón con cualquier cosa que encuentre. Aquello que no es Dios nunca podrá saciar aquel corazón creado exclusivamente para la presencia divina.
Existe otra faceta de la fe que debemos tomar en consideración. Supone creer que Dios no nos ama tanto como dice que lo hace. No creemos ser tan preciosos para El o que nos desee tanto, como dice hacerlo. El enemigo del alma humana nos ha vendido semejante mentira, no solo para derribarnos, sino también para mantenernos alejados de la comunión amante de la presencia divina. A él no le importamos nada, pero su odio a Dios le impulsa a hacer todo lo que esté en su mano para negar al Todopoderoso aquello que le pertenece por derecho. Si de repente todo el mundo recibiera un bautismo en la creencia pura y alegre de que Dios quiere que nosotros lo adoremos, admiremos y alabemos, podría convertirnos de la noche a la mañana en el pueblo más radiante y feliz del mundo. Entonces descubriríamos por fin nuestro propósito:
Dios se complace en nosotros y anhela nuestra comunión. Si la humanidad no hubiera caído, la adoración seguiría siendo lo más natural del mundo, porque Dios diseñó al hombre específicamente para que lo adorase. Él creó al hombre como su instrumento musical especial, para que le ofreciera una alabanza dulce y natural. Sin embargo, cuando el hombre se rebeló y se apartó de este propósito, cuando el pecado entró en su vida, lo que se ha vuelto natural es el pecado. La naturaleza del hombre está caída, pero esta no era la intención original de Dios para nosotros. Si todo el mundo tuviera cáncer, podríamos decir que el cáncer es natural y aceptarlo como tal. No obstante, no es natural, porque cuando Dios hizo el cuerpo humano, no tenía en mente unas células anómalas que formarían un cáncer para destruir a las personas.
Cuando Dios hizo el alma humana a su propia imagen, su meta era que actuásemos de acuerdo con aquella naturaleza divina. Nunca pretendió que el virus del pecado infectase ese lugar sagrado dentro del hombre. Por consiguiente, el pecado es lo antinatural. Es una sustancia foránea que contamina el corazón y la vida de los hombres, repeliendo así la mirada de Dios. Debido a esta condición de la humanidad, el pecado es natural, y la alabanza antinatural, por eso son muy pocos quienes realmente la practican.

En consecuencia, es importante comprender que nadie puede trazar su propio patrón de adoración o adorar a Dios como le apetezca. Aquí el placer pertenece solo a Él. Aquel que nos creó para adorarlo, también ha decretado cómo debemos hacerlo. No podemos adorar a Dios como queramos; nuestra adoración debe adaptarse siempre a la voluntad divina. Dios no acepta cualquier tipo de adoración. La acepta solamente cuando es pura, cuando fluye de un corazón sometido a la influencia del Espíritu Santo. Solo puede aceptar este tipo de adoración, compatible con su naturaleza sagrada.
Este engaño destruye la vida de multitud de personas en cada generación. Una trampa favorita del diablo, un recurso favorito de los poetas inconversos, es sugerir que podemos adorar a Dios como nos apetezca y dependiendo de nuestro capricho, y que mientras seamos sinceros todo estará bien. La falacia contenida en esta creencia es el hecho de que la experiencia religiosa es posible aparte de Cristo y de la redención.
Es totalmente plausible tener una experiencia religiosa auténtica y no ser cristiano, yendo de camino hacia un infierno eterno. Esto es algo que sucede constantemente por todo el mundo. Puede que resulte difícil de concebir, pero es totalmente posible tener una experiencia con Dios y, sin embargo, no tener una experiencia salvadora con Él. Por lo tanto, no solo es posible tener una experiencia religiosa aparte de Cristo y aparte de la salvación, sino también lo es tener una adoración alejada de Cristo y no asociada con la salvación. Es inquietante pensar que uno puede realizar los gestos de la adoración, pero sin adorar de verdad. “Adoraban lo que no sabían”, dijo Jesús de un grupo determinado de personas. Es posible tener elementos de la adoración, como la alabanza, la humillación, la entrega y, sin embargo, ser una persona no redimida. Thomas Carlyle, en su obra Los héroes: el culto a los héroes y lo heroico en la historia, nos advirtió que no cometiéramos el error de pensar que las grandes religiones paganas del mundo eran todas falsas. Dijo: «No es cierto que fueran falsificaciones; eran reales, y lo terrorífico es que lo eran”.
En cierta ocasión, estando en México, visité una antigua iglesia que tenía el suelo de tierra. Entré, me quité el sombrero y observé todas las estatuas y las velas. Mientras estaba allí, vi cómo entraba una anciana mejicana y caminaba directa hasta el fondo de la iglesia, como si conociera el lugar y pudiera recorrerlo con los ojos cerrados, de las muchas veces que había estado en él. Se dirigió a una estatua, creo que de la virgen, se arrodilló y alzó la mirada al rostro de aquella imagen, con un anhelo y una devoción que ojalá se hubieran dirigido al propio Señor. Tenía una experiencia de adoración, y para ella era real. No era una hipócrita, sino una adoradora genuina, pero ¡fíjese a qué estaba adorando! Su adoración no iba en la dirección correcta. Lo más triste de este episodio es que ella no lo sabía.
Los indios americanos se situaban a las orillas de un río, alzaban los brazos al cielo y decían a Manitú: “Alabanzas a ti,
alabanzas a Manitú, alabanzas a él”. Experimentaban una verdadera adoración cuando clamaban a su gran Manitú. Es totalmente posible tener una experiencia religiosa sin Dios e incluso rechazando al Dios de la Biblia. Es posible tener una experiencia de adoración, pero no de acuerdo con la voluntad divina y, por tanto, inaceptable para Dios, porque Él aborrece la idolatría. La idolatría es, simplemente, la adoración dirigida a cualquier persona o cosa que no sea Dios, y constituye el grado máximo de blasfemia.
El apóstol Pablo entendía esto: «Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios» (1 Co. 10:20-21).
Nuestro Señor dijo que llegaría un día en que las personas dirían: “...Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:22-23). El no aceptaba su adoración. No podía aceptarla porque no estaba de acuerdo con la naturaleza santa de Dios. Él no puede aceptar ninguna adoración que no vaya destinada a Él y que no sea compatible con su santidad.
Aquel que nos creó para adorarlo, también ha decretado cómo debemos hacerlo. No podemos adorar a Dios como queramos, según nuestra voluntad o nuestro estado de ánimo. Dios no acepta cualquier tipo de adoración. Solo acepta la adoración cuando es pura y está dirigida por el Espíritu Santo. Dios ha rechazado casi toda la adoración de la humanidad en nuestro estado presente. Sin embargo, quiere que lo adoremos, nos lo ordena y nos lo pide. Obviamente, cuando Adán no lo adoró, se sintió angustiado y dolido. A pesar de todo, Dios condena y rechaza casi toda la adoración de la humanidad.
Un adorador debe someterse a la verdad de Dios, o no podrá adorarlo. Podrá escribir poemas y tener pensamientos elevados cuando vea un amanecer, pero no podrá adorar a Dios, excepto si tiene fe y según la verdad revelada por Él. Adorar a Dios como Él puede aceptarlo significa someterse a la verdad acerca de su Persona, admitiendo quién dice Dios que es, y admitiendo que Cristo es quien afirma ser. Además, debe admitir la verdad sobre sí mismo: es un pecador
malvado, como Dios le dice. Esta es la última barrera para el arrepentimiento. El hombre, en su condición perdida, rehúsa admitir su pecaminosidad. “Dios me hizo así”, argumenta y se jacta para reducir cualquier culpabilidad personal. Si no soy el responsable de mi condición, no tengo por qué introducir cambios. Dios tiene que aceptarme como soy.
Sin embargo, tiene que admitir la verdad de la expiación —la sangre de Jesucristo que nos limpia y nos libra del pecado— y acercarse a Dios. Cuando alguien finalmente acepta su estado de pecador, a menudo se siente tentado de realizar su propia expiación.
Pero este es un grave error, porque no satisface el estándar divino. Para que su adoración sea aceptable para Dios, usted debe renovarse conforme a la imagen de Aquel que lo creó. Esa “imagen” debe restaurarse. Solo la persona renovada puede adorar a Dios de una forma digna o aceptable para Él.
Si el Espíritu Santo no hace estas cosas, todo será madera, heno y hojarasca. Mi adoración jamás sobrepasará la coronilla de mi cabeza, y el Dios de los cielos la rechazará igual que rehusó la de Caín. Tengo un libro, la Biblia, que me iluminó. Esta es la “luz que alumbra a todo hombre” que la lea. Jesucristo es “la luz que alumbra a todo hombre que viene al mundo”. La luz del corazón humano y la luz de este libro están en armonía; y cuando los ojos del alma miran la Palabra de Dios viva, conocemos la verdad y podemos adorar a Dios en espíritu y en verdad.
En el Antiguo Testamento, un sacerdote no podía ofrecer un sacrificio hasta haber sido ungido con aceite, símbolo del Espíritu de Dios. Ningún hombre puede adorar desde su propio corazón. Puede buscar entre las flores, entre los nidos de las aves, entre las tumbas o donde le apetezca adorar a Dios. Esta búsqueda será inútil y lo conducirá a la frustración espiritual.
Una persona no puede adorar de corazón. Solo el Espíritu Santo puede adorar a Dios aceptablemente, y debe devolverle a Dios su propia gloria reflejada en nosotros. Si no alcanza nuestros corazones, entonces no hay reflejo ni tampoco adoración.
¡Oh, qué grande, amplia y completa es la obra de Cristo! Por eso no puedo sentir mucha simpatía por ese tipo de cristianismo que sostiene que el evangelio sirve para evitar que una persona fume o beba alcohol. ¿Eso es todo lo que hace el cristianismo, apartarme de algún mal hábito, de modo que no apueste en las carreras, le pegue a mi esposa o mienta a mi suegra? Por supuesto, la regeneración limpia tales cosas, y el nuevo nacimiento hará a un hombre una nueva creación. Esos son los efectos de una naturaleza redimida por la sangre de Cristo.
El propósito primario de Dios en la redención es restaurarnos al imperativo divino de la adoración, de manera que podamos oír de nuevo al Señor Dios: “Y deseará el rey tu hermosura; e inclínate a él, porque él es tu señor” (Sal. 45:11). La Iglesia Militante conquistó al mundo con su religión gozosa porque, y solo porque, eran adoradores. Cuando la Iglesia cristiana en cualquier generación deja de ser una compañía de adoradores, su religión sucumbe a los meros efectos externos, a las obras vacías y a los rituales sin sentido.
Cuando usted empieza a hablar del Cordero que fue inmolado, de la sangre que fue derramada y de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, entonces usted vive y adora en verdad. Cuando el Espíritu de Dios es quien gobierna, adoramos en espíritu y en verdad; y esa adoración sobrepasa a los meros rituales externos.
Dios lo creó para que lo adore. Cuando el fundamentalismo perdió su poder ante la adoración, inventó las majaderías religiosas para animarse. Por eso lo he odiado, he predicado contra él y lo he condenado todos estos años. Afirmando servir al Señor, la única alegría que tienen tales personas es el gozo de la carne. Elvis Presley fue un hombre más feliz después de abandonar su música sensual de lo que lo son muchos cristianos después de haberse sumido media hora en un frenesí espiritual inducido por ellos mismos.
Para los redimidos, la fuente del Espíritu Santo es un pozo artesiano efervescente, del cual no es necesario bombear para obtener agua. Las aguas plateadas del Espíritu Santo, que inundan y fluyen del corazón redimido y renovado de una persona que adora, son tan dulces y hermosas para Dios como el más precioso de los diamantes. Tenemos que aprender cómo adorar para complacer al Dios que lo merece. “Y deseará el rey tu hermosura; e inclínate a él, porque él es tu señor”.
Oración. Dios, Padre nuestro, te buscamos para acercarnos a tu Persona. Nos volvemos al Espíritu Santo, nuestro guía y maestro. Que nuestros corazones se sometan a su obra, y que El nos inunde con un gozo inefable y lleno de gloria, hasta el punto que nos remontemos por encima del ruido de este mundo y lleguemos a la Luz inmarcesible.
Continúa… Las diversas Rutas hacia la adoración
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