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 ¿RELIGIÓN O ADORACIÓN?

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hgo1939
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MensajeTema: ¿RELIGIÓN O ADORACIÓN?   Jue Mar 12, 2015 10:08 pm

Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren. Juan 4:24.

Desde la expulsión del hombre del Edén, la religión ha supuesto una carga intolerable para los hombros de la humanidad. A pesar de lo agotador que resulta, es una esclavitud que la mayoría no puede o no quiere interrumpir. La palabra “religión” significa “reatar”; las personas religiosas, por norma, han dejado a un lado unas cadenas para ponerse otras. Cueste lo que cueste, el hombre ejercerá este impulso interior hacia la adoración.
Sin embargo, nuestro Señor promulga una emancipación espiritual muy esperada y la firma con su sangre. Ahora los pueblos del mundo, que soportan el pesado yugo de la religión, pueden conocer la verdadera libertad de la adoración genuina. Nuestro Señor Jesucristo dijo unas palabras que permitieron que la luz brillase sobre nosotros e iluminara nuestro espíritu, elevándonos y sacándonos del lodo de la sociedad depravada.
Dios nunca ordenó al hombre que avanzase penosamente por el fango de este mundo ni pretendió que se viera atrapado en las tradiciones humanas. Por eso, el Señor nos libera y abre una fuente de agua que sana las heridas del mundo.
A pesar de todo esto, el hombre elige deliberadamente la esclavitud de la religión antes que la libertad vivificadora en Cristo.
En la India, creen que la diosa Ganga, que es el río Ganges, tiene el poder de limpiar a las personas. Hay ciertos santos que peregrinan para bañarse en “la diosa Ganga”, uno de los ríos más sucios del mundo. Se tiran de cabeza al río, señalan con el dedo el punto del agua que tocó su frente y vuelven a sumergirse. Literalmente recorren así muchos kilómetros de la diosa Ganga —el río Ganges—, se bañan y se marchan, pero no quedan más limpios que cuando llegaron. De hecho, no están tan limpios como al principio. Están heridos y magullados amargamente en su alma.
Nuestro Señor expresó en una frase las palabras de la adoración: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren”, dejando zanjado este asunto para siempre y subrayando que usted no puede complacer a Dios magullando su cuerpo o bañándose en tal o cual río. Sin embargo, quienes adoran al Padre lo hacen en espíritu y en verdad. Esta es la verdadera agua sanadora para las almas heridas de los hombres religiosos.
Nuestro Señor explica aquí que la adoración es natural para el hombre. Nunca ha existido una tribu descubierta en algún lugar del mundo en la que la religión no formara parte de su sociedad. Era totalmente natural que Adán caminase con Dios en el huerto del Edén durante el frescor del día. Los años de Adán fueron bendecidos por la voz de Dios, sanadora, suave como el terciopelo. Cuando Adán pecó, se escondió de la presencia del Padre entre los árboles del huerto. Era consciente de Él, pero no tenía libertad para adorarlo, porque el pecado se había interpuesto
y había arrancado las cuerdas del arpa. No quedaba más que el marco; la música del alma se había interrumpido; donde antes hubo armonía, solo quedaba cacofonía y discordancia. De este modo, el hombre perdió el objeto pertinente de su adoración y se puso a buscar algo nuevo que adorar.
El hombre adora por exigencias de su naturaleza. Cuando mira a su alrededor, buscando algo que adorar, se encuentra con el misterio y lo extraordinario. El resultado es que la humanidad adora todo lo que no puede explicar. Todo aquello que la asombra se convierte en objeto de su adoración. Como la mente humana está caída, se queda pasmada ante las cosas externas, los objetos que la impresionan.
La mente humana se amplía, se eleva y se llena de asombro, y este mismo asombro conduce a la adoración y abre el misterio. Los hombres solían ponerse de pie a la orilla del mar, escuchando el fragor de las aguas, contemplando cómo volaban las gaviotas y se movían las nubes blancas, y exclamaban: “¿Qué es todo esto, qué es?”. Y a lo que estaba frente a ellos llamaron Neptuno y dijeron: “Este es nuestro dios”, y de rodillas le hicieron sacrificios. El esplendor de la naturaleza traía a la mente la necesidad de adorar no al Creador, sino a la creación. Cuando vieron cómo se levantaba el sol por la mañana y hacía su circuito por los cielos, hundiéndose luego en un mar de sangre, dijeron: “¿Qué es esa cosa brillante que siempre se alza por el mismo lugar y nunca se apaga?”. Lo llamaron Febo Apolo, y lo hicieron un dios grande y hermoso, al que representaron con alas de plata en los pies, porque recorría veloz los cielos. Lo adoraron y dijeron que eso era maravilloso. No sabían qué era, pero era maravilloso y los inspiraba a la adoración. Los parsis se arrodillaban ante el sol; lo llamaron Mazda, y la luz que desprendía era la luz de Mazda, llamada así por el dios de los seguidores de Zoroastro, adoradores del fuego.
Si no sabemos cómo adorar por medio de Jesucristo nuestro Señor, el corazón humano se romperá como una presa que desborda sus márgenes y adorará de otra forma. Si las personas no avanzan en la dirección correcta, lo harán en la equivocada, pero adorarán.
La humanidad no solo encontró motivos para adorar en la naturaleza, sino también en el corazón y en las emociones humanas. Dijeron: “Fíjense en el amor, esa emoción tan poderosa y tremenda, por la que mueren hombres y mujeres sin pensarlo. Fíjense en eso que ata al hombre con la mujer, cohesiona la familia y hace que los hombres amen tanto a su país que llegan a entregarse y sacrificarse libremente por él”. Lo llamaron Venus; nosotros le pusimos el nombre de esta diosa a uno de los planetas. Podríamos seguir: tenemos a Ceres, la diosa de la vida, y a muchas otras deidades; la lista es tan inabarcable como la imaginación del hombre. Cada emoción, pensamiento e imaginación del hombre se convirtió en objeto de misterio y de adoración; todo lo apartaba de Aquel que subyace en todo esto, el Creador. Otra indicación de esta necesidad de adorar puede apreciarse en las obras artísticas y creativas del hombre. ¿Qué induce a una persona a querer crear algo hermoso? ¿Por qué quiere escribir un poema, pintar un cuadro, componer una pieza musical? Creo que el hombre caído lleva en su interior, en lo profundo de su alma, algo que lo atrae hacia el misterio. Un abismo llama a otro abismo a la voz de las cascadas de Dios; la voz profunda del Creador llama, y lo profundo del ser humano lucha por responderle.
Cada vez que un griego se arrodillaba en la orilla del mar y ofrecía su sacrificio a Neptuno, era ese espacio pequeño, ciego y profundo de su interior el que respondía a los abismos de Dios. Cada vez que un indio americano se situaba a la orilla del mar y devolvía a las aguas con reverencia las espinas de un pescado, se disculpaba ante Dios por haberlo matado y comido; cada vez que alzaba la vista y decía: “Manitú” y “Alabado sea”, cedía ante el misterio en su interior. Y cada vez que el gran genio que fue Beethoven producía una página de música inmortal, sentía algo en lo profundo de su ser. Decía: “Conozco a Dios. Está más cerca de mí que de otros. Conozco a este Dios”, y luego escribía su música imperecedera. ¿Qué estaba haciendo? Buscando a tientas, intentando adorar algo, cualquier cosa. Aquel gran hombre que estuvo vacilando siempre entre el suicidio y la vida, y que al final cedió y fue donde va toda carne, es solo un ejemplo.
El hombre tiene el impulso innato de hacer esto —admirar, temer—, y por este motivo, se han desarrollado muchas religiones. En la India, hay un dios para cada cosa, con el fin de responder a esa compulsión interna a adorar. Por naturaleza, el hombre debe adorar algo. Dentro de su propio ser, tiene que adorar y, si pierde su capacidad de hacerlo en espíritu y remontarse en su corazón, descubrirá alguna otra manera de expresar adoración. Debido al modo en que fue creado, el hombre se siente atraído por el misterio donde quiera que lo encuentre. Un cierto grado de misterio genera en el interior una sensación de temor reverente, y cuando el hombre lo detecta, adora.
Este es el impulso subyacente en el deseo de explorar otros mundos y viajar por los vastos espacios siderales. No hay ninguna otra criatura de Dios que lo haga, y a ninguna se le ocurriría hacerlo. El hombre, que ha perdido el misterio de Dios dentro de su corazón, busca ese misterio en otras partes.
La mujer samaritana en Juan 4 reveló cuál es el error de todo el mundo religioso: “Señor, por lo que dices entiendo que eres profeta. Sabes más de lo que sabría cualquier persona, de modo que debes serlo. Tengo una pregunta para ti”. Esa pregunta no era una frivolidad; era una cuestión que separaba a los judíos de los samaritanos, a pesar de que ambos pueblos estaban relacionados por consanguinidad. La pregunta es: “Aquí, en Samaria, adoramos en nuestro monte santo. A cierta distancia, en Jerusalén, se alza el monte sagrado de los judíos, donde ellos adoran. Nosotros decimos que hay que adorar en este monte, y ustedes dicen que debe hacerse en Jerusalén. Ahora bien, como eres profeta, dime, ¿cuál es el lugar correcto donde adorar?”.
Esta mujer cayó en su propia y pequeña trampa, y reveló esa lacra primordial del mundo religioso. ¿Adoro aquí o adoro allí? ¿Adoro en esta iglesia o lo hago en aquella otra? ¿Qué iglesia es la correcta, qué denominación? Esta es la dificultad, este es el problema. Por lo tanto, la cuestión radica en el aspecto externo de la adoración. Este sigue siendo nuestro problema incluso hoy día, el problema más grande al que se enfrenta la Iglesia.
Nuestro Señor Jesús dijo esta hermosa frase: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren” (ver Jn. 4:21-23). Si Dios fuera una deidad local confinada a un monte, habría que acudir a ese lugar para adorarlo. Si Dios fuera una deidad fluvial, limitada a los ríos, usted tendría que acudir a sus riberas para adorarlo. Si Dios fuera una deidad de los montes, o de las llanuras, usted tendría que acudir donde Él estuviera. Jesús nos dio la noticia, maravillosa y liberadora, de que Dios es Espíritu, por lo tanto, está en todas partes; ya no adoramos en lugares concretos.
El propósito de la naturaleza es el de conducirnos al Creador para que lo adoremos. El propósito de los sentimientos y de las emociones del hombre es guiarnos a Aquel que los insertó en su corazón, el Creador. Todo lo que hay en la creación debe señalar hacia el Creador y evocar en nuestro interior asombro, admiración y adoración. Dondequiera que vayamos, podemos adorar.
Jesús enseñó, esencialmente, que somos santuarios móviles, y que si adoramos en espíritu y en verdad, podemos llevar nuestro santuario adonde vayamos. Jesús dijo: “¿No ven que si Dios es Espíritu, la adoración es espiritual, y todo lo espiritual carece de lugar en el espacio y en el tiempo?. Usted no se levanta por la mañana, mira su calendario y decide que hoy es el día propicio para adorar. No se levanta, sale, mira a su alrededor y dice que es el lugar donde debe hacerlo. Usted adora a Dios ahora, en cualquier lugar o momento, porque la adoración es espiritual.
Las personas han convertido la religión en una comedia, porque se han esclavizado a lo externo, a los objetos, hasta un extremo ridículo. Esos peregrinos religiosos viajan a sus santuarios sagrados para adorar. Muchos hacen un peregrinaje a Tierra Santa y creen que allí están más cerca de Dios que en cualquier otro punto del planeta. En el reino de Dios, tal y como Él lo ha dispuesto, no hay un lugar más sagrado que otro. Si usted no puede adorar aquí, no puede adorar allí.
Esta esclavitud de la religión no acaba aquí. Algunos hacen que su religión consista en alimentos; hay cosas que pueden comer y otras que no. El resultado es que si comen las lícitas, son santos; si no las comen, no lo son. En determinados momentos del año, usted podrá comer “esto”, pero en otras épocas del año, no. Pablo explicó que lo que usted come no lo hace mejor ni peor persona. Es posible que lo enferme, pero no lo santificará, no lo dañará ni le ayudará. Si es un alimento bueno y sano, y puede digerirlo, sírvase. La santidad no radica en los alimentos que tomamos, y la adoración no depende tampoco de la comida. Dios es Espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.
También hay otros esclavizados a los tiempos. La adoración no está circunscrita al tiempo. Respeto a nuestros hermanos que siguen el calendario del año eclesial, que empieza con una cosa y concluye con otra; pero no lo sigo en absoluto. ¿Puede imaginar que yo me arrepintiera durante seis semanas al año, y una vez estas concluyen se cerrara la veda? No puedo imaginarme limitado a un momento concreto. “Ahora es el tiempo de salvación”. Este es el momento, de modo que cualquier instante es válido. Usted puede decir por la mañana: “Buenos días, Dios” y decirle: “Buenas noches, Señor”, cuando anochece. Puede despertarse de madrugada y pensar en Dios; incluso puede soñar con El, porque a mí me ha pasado. Usted puede acercarse a Dios en cualquier momento y en todo lugar.
Hay momentos del año en que pensamos un poco más en la religión. Personalmente, me gusta Semana Santa. Si fuéramos a tener una época especial durante el año, creo que debería ser la Pascua, porque es entonces cuando el pueblo de Dios alza la vista al cielo cantando: “Cristo, el Señor ha resucitado hoy, aleluya, aleluya”. Me gusta la Pascua, y creo que es un momento hermoso del año. Me cuesta bastante predicar durante la Pascua, porque todos mis sermones se basan en la resurrección del Señor; y si les quitase este tema central, se vendrían abajo. La resurrección de Cristo no es más cierta durante la Pascua que en otras épocas del año. Sin la resurrección de Cristo, el cristianismo se desmorona. Nuestra adoración no puede estar confinada al tiempo.
Los alimentos no son sagrados ni los tiempos tampoco, ni lo son los lugares. Si no señalan a Cristo, se convierten en una trampa que nos esclaviza a una mera religión.
Los judíos cometieron el error de pensar que el templo era sagrado; y como el templo era un lugar santo, no podría sucederle nada. Jesús puso en evidencia su error. “¿Ven este templo? ¿Ven estas piedras? Antes de que pase mucho tiempo todas serán polvo”. El templo fue derruido en el año 70 d.C. Jesús dijo que Israel era como un árbol. “Miren el hacha: o el árbol lleva fruto o será arrojado a la hoguera”.
Estoy hablando de la adoración y recalco que es algo espiritual. Es interna, y las cosas externas son innecesarias. Por ejemplo, no podríamos sentarnos en la esquina de la calle y predicar, cantar y orar. Necesitamos unas paredes que nos protejan, un calefactor que mantenga el calor. Los edificios tienen un lugar y un propósito, de modo que no estoy en contra de ellos. Es necesario disponer de libros, y yo estoy a favor. Dios ha bendecido las cosas externas, pero el problema es que, en vez de convertirlas en nuestros servidores, nos hacemos esclavos de ellas.
Por lo tanto, los tiempos, los alimentos y todo lo demás son nuestros siervos. Por consiguiente, estamos por encima de todas las pequeñas cosas de la religión y debemos mirar hacia ellas desde nuestra posición en los lugares celestiales. Es maravilloso ver lo pequeñas que parecen las cosas cuando uno está bien arriba. Cuando las cosas empiezan a hacerse más grandes, sabrá que está perdiendo altitud. Cuando los campos adquieren el tamaño de estampillas, usted está bien arriba. Cuando empiezan a ser un poco más grandes, es que pierde altura; mira su reloj
y dice: “Vamos a aterrizar”. Cuanto más abajo esté, más grandes parecen las cosas, y cuanto más suba, más pequeñas se verán. Le recomiendo que, cuando tenga un gran problema, se remonte por encima de él, que despegue y vuele alto.
La verdadera adoración nos eleva más allá de la parafernalia de la religión, llevándonos a esa atmósfera especial de la presencia santa y magnífica de Dios. La mística Madame Guyon, del siglo XVII, expresó estos pensamientos en un himno que cantamos a menudo en la iglesia:
Contentamiento
Madame Guyon
¡Señor, qué llena de feliz contentamiento
paso mis años de encarcelamiento!
Doquiera que yo habito, estoy contigo,
ya sea el cielo, la tierra o del mar el abismo;
doquiera que yo viva estoy contigo,
en el cielo, en la tierra, en el mar infinito.

Oración
Te alabamos, oh Dios, porque nuestra religión no se encuentra
en lo que hacemos, comemos o el lugar adonde vamos. Tú nos has
liberado de todo lo externo, para poder elevarnos por encima
de tales cosas, encontrar tu corazón y adorarte. Amén.
Continua en… ¿LOS BUSCADORES DE LA VERDAD?
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