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 El entretenimiento de la iglesia

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hgo1939
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MensajeTema: El entretenimiento de la iglesia   Jue Abr 23, 2015 3:53 pm

El entretenimiento en la Iglesia
Una vez Tozer escribió un folleto, “La amenaza de la película religiosa”, en el que plantea con una lógica irresistible su convicción sobre el asunto del entretenimiento en la Iglesia.
Sus opiniones están firmemente asentadas en principios bíblicos. El mensaje no debe ser lo único que complazca a Dios, sino también los métodos usados para transmitirlo, que deben ser compatibles con el carácter y la naturaleza divinas. Constantemente ridiculizó la idea de que “los nuevos tiempos exigen nuevos métodos”.
Para entender plenamente la crítica de Tozer al entretenimiento, debemos examinar su concepto de la adoración. Él creía firmemente que el entretenimiento socavaría la adoración cristiana y pondría en peligro a la Iglesia, una idea que le resultaba espantosa. La integridad de la Iglesia, como Tozer la entendía, corría el peligro de hacer concesiones mediante la introducción de “cosas” en el santuario. Sus ideas sobre la música, la oración, el evangelismo y las misiones nacieron del imperativo de adorar dentro de la comunidad cristiana.
El legado espiritual de Tozer
El legado de Tozer se encuadra en el área de la majestad de Dios.
Hiciera lo que hiciese, su deseo supremo era exaltar al Señor Jesucristo con la mayor sencillez posible. Intentó exponer a su generación la importancia de ciertas virtudes, como la sencillez y la soledad, y llamar la atención de los jóvenes predicadores —sobre los que tenía una gran influencia— para apartarlos del fingimiento, la hipocresía y toda infiltración mundana en la política de la Iglesia. Tozer recomendaba pasar un tiempo a solas con la Biblia y con un himnario. Su intimidad con Dios hizo que su ministerio fuera lo que fue y que aún hoy se recuerde.
Otro aspecto importante de su legado es su perspicacia espiritual. Tozer percibía hasta tal punto la naturaleza de las cosas que para él era una carga. Una vez dijo que si uno quiere ser feliz, no debe pedir discernimiento. Tozer tenía el don del discernimiento espiritual. Podía ver más allá de los hechos presentes, a resultado inminente de los años venideros. Veía que, si la Iglesia evangélica de su tiempo seguía transitando por el mismo camino, pronto sufriría graves problemas espirituales. Su mensaje fue siempre el de volverse a Dios a pesar de los inconvenientes o del precio por pagar. Urgía a las iglesias a olvidarse de las técnicas de Madison Avenue, las estrategias del mundo y sus programas y prioridades. Abogaba por una vida de sacrificio, negación de uno mismo y servicio a Cristo.
Durante su vida, Tozer fue ampliamente reconocido como vocero de Dios. Su perspicacia en cuestiones espirituales era penetrante y precisa. Muchos lo leían, pero pocos lo seguían. Quienes se atrevieron a hacerlo descubrieron, para su deleite, realidades espirituales que sobrepasaban a todo lo que pudiera ofrecer este mundo. Una vez experimentadas, es difícil regresar al hastío religioso del cristiano medio. Habitualmente, Tozer dirigía su ministerio al cristiano normal.
Los cristianos de a pie, sentados en sus bancos, podían comprender su mensaje, pero al cristiano medio, que se deleitaba en la mediocridad, no le gustaban sus declaraciones y su ardor espiritual. Una vez dijeron que san Agustín, obispo de Hipona, era un cristiano radical. Lo mismo podría decirse de A. W. Tozer.
En sus oraciones, Tozer nunca fingió una postura santurrona, sino que mantuvo un sentido constante de Dios que lo sumergía en la reverencia y en la adoración. Su ejercicio diario era la práctica de la presencia de Dios, al que buscaba con todo su tiempo y sus fuerzas. Para él, Jesucristo era una maravilla cotidiana, una sorpresa recurrente, un asombro constante de amor y de gracia.
Tozer escribió una vez: “Si usted se especializa en conocer a Dios y cultiva un sentido de su presencia en su vida diaria, y hace lo que aconseja el Hermano Lawrence, “practicar la presencia de Dios cada día”, y busca el conocimiento del Espíritu Santo en las Escrituras, habrá recorrido un largo camino en el servicio a su generación. Nadie tiene derecho a morir hasta que haya servido a su generación”.
Para Tozer la doctrina correcta no era suficiente. Le encantaba decir: “Usted puede ser teológicamente tan recto como un cañón de escopeta, pero estar espiritualmente tan vacío como él”. Su énfasis recayó siempre en una relación personal con Dios; una relación tan real, tan personal y tan irrefrenable que cautivase por completo la atención de una persona. Anhelaba lo que él definía como un alma consciente de Dios, un corazón ardiente para Él.
La falta de espiritualidad entre los hombres y las mujeres modernos es vergonzosamente flagrante. Tozer atacó una de las causas primordiales. “Estoy convencido —dijo— de que la escasez de grandes santos en nuestra época, incluso entre aquellos que creen de verdad en Cristo, se debe en parte a nuestra falta de disposición para dedicar tiempo suficiente a cultivar el conocimiento de Dios”. Luego pasó a ampliar esta idea. “Nuestras actividades religiosas deberían ordenarse de tal modo que dejaran mucho tiempo para cultivar los frutos de la soledad y el silencio”. Hubo momentos en que nadie compartió la opinión de Tozer sobre determinados temas, pero eso no le intimidó en absoluto.
Nunca se preocupó por saber quién estaba con él o no; lo que le interesaba era la verdad. Era valiente en su crítica, lo cual le granjeaba enemigos con bastante rapidez. Una vez criticó una traducción de la Biblia muy popular: “Al leer esta nueva traducción, me embargó la misma sensación que podría tener un hombre si intentara afeitarse con un plátano”.
Las personas seguían expectantes el ministerio de Tozer, sabiendo que gracias a él escucharían antiguas verdades revestidas de frescura y, en ocasiones, algunas expresiones desconcertantes.
Una vez Tozer dijo: “Hace unos años oré a Dios pidiéndole que aguzase mi mente y me capacitara para recibir todo lo que quisiera decirme. Luego le pedí que ungiese mi cabeza con el óleo de la profecía, de modo que pudiera transmitir su mensaje a su pueblo. Puedo asegurarles que esa oración me ha costado muchos esfuerzos desde aquel momento”.
Raymond McAfee, ayudante de Tozer durante más de quince años, se reunía con él en su estudio cada martes, jueves y sábado por la mañana, y pasaban media hora orando. A menudo, cuando McAfee entraba, Tozer le leía en voz alta algo que hubiera estado leyendo, que podía ser un texto de la Biblia, un himnario, un devocional o un libro de poesía. Luego se arrodillaba junto a su silla y empezaba a orar. En ocasiones, oraba con el rostro levantado; en otras, se postraba en el suelo, con una hoja de papel colocada debajo de la cara para no aspirar el polvo de la alfombra.
McAfee recuerda un día especialmente memorable. “Tozer se arrodilló junto a su butaca, se quitó las gafas y las depositó sobre la silla. Descansando sobre los tobillos flexionados, entrelazó los dedos de las manos, alzó el rostro con los ojos cerrados y comenzó: “¡Oh, Dios, estamos ante ti!”. Con esas palabras, llegó como un torbellino de la presencia divina que llenó la habitación. Ambos adoramos, maravillados y sumidos en un éxtasis silencioso. Nunca he olvidado ese momento, ni quiero hacerlo”.
Cuando oraba, Tozer se aislaba de todo y de todos, y se centraba en Dios. Sus mentores místicos le habían enseñado a hacerlo. Le mostraron cómo practicar cada día la presencia de Dios. Aprendió bien la lección. El énfasis primordial del ministerio de Tozer como predicador y escritor recayó en este área de la adoración. Para él, la adoración es la ocupación del cristiano a tiempo completo.
No podemos permitir que nada interfiera o reduzca este deber sagrado del creyente. Según Tozer, todo aquello que no fluya de forma natural, o espontáneamente, de nuestra adoración, no es genuino y a las malas es fingido. A Dios sólo debemos ofrecerle obras trabajadas de oro y de plata. Tozer, que prácticamente fue una voz aislada en su generación, subrayaba la necesidad de una reforma drástica de la adoración, tanto personalmente como en la congregación, y afirmaba que nuestras ideas sobre ella debían estar en perfecta armonía con la Palabra de Dios revelada.
Durante la década de 1950, Tozer encontró un espíritu afín en un fontanero irlandés, Tom Haire, predicador laico. Haire se convirtió en el tema de siete artículos que Tozer escribió “El fontanero que ora de Lisburn”, que más tarde se publicaron en forma de librito. No podía haber dos hombres más diferentes, pero sin embargo su amor por Dios y su sentido de su valor los unían.
Una vez, mientras Haire estaba de visita en Chicago, la iglesia de Tozer dedicó una reunión nocturna a ayunar y orar. Haire se unió a ellos. De madrugada, tuvo sed y salió a buscar una taza de té. Algunos miembros de la iglesia pensaron que, al hacer esto, Tom había «cedido a la carne». Tozer no estuvo de acuerdo. En ese acto, vio la hermosa libertad que Tom disfrutaba con el Señor. Justo antes de que Haire regresase a su tierra natal, pasó por Chicago para despedirse. —Bueno, Tom —comentó Tozer—, imagino que volverás a Irlanda a predicar. —No —repuso Tom, con su espeso acento irlandés—. Tengo intención de cancelar todos mis proyectos durante los próximos seis meses y destinar ese tiempo a prepararme para el trono del juicio de Cristo, mientras aún tenga tiempo para hacerlo. Esta era una actitud bastante propia del mismo Tozer.
Si este libro hace que usted caiga de rodillas sumido en una adoración penitente ante Dios, y lo incita a apartarse de esa carrera frenética que es la vida religiosa y a centrarse en su derecho de nacimiento a la adoración, valdrá con creces el esfuerzo necesario para publicarlo. —James Snyder
Nadie puede adorar a Dios sin el Espiritu Santo “Dios es Espiritu y los que le adoran en Espiritu y en verdad es necesario que le adoren, porque tales adoradores busca Dios que le adoren” el Espiritu Santo es el Espiritu de Dios, y por consiguiente, es el único que puede dirigir adecuadamente el corazón para adorar a Dios conforme a El le agrada.
La mente caída no sabe cómo adorar a Dios aceptablemente. De modo que el Espiritu Santo toma la mente humana caída, la dirige, corrige, purga y guía de tal modo que adore a Dios. Por eso es extremadamente importante que conozcamos al Espiritu Santo
Amados, Dios nos hizo a Su imagen y semejanza Gen. 1:26,
para que le adoremos, en Espíritu y en verdad” Jn. 4:23-24
¡Jesús es el Señor!
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