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 Enderzar lo que esta mal

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hgo1939
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MensajeTema: Enderzar lo que esta mal   Miér Abr 15, 2015 12:35 am

Enderezar lo que está mal
Sin embargo, cuando usted se vincula con el Señor de la gloria, está conectado con la justicia. Él es la justicia personificada, y toda posibilidad de justicia se resume en Él. “Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino. Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros” (He. 1:8-9).
En este mundo tan turbulento y caótico, no debemos ceder al desespero, porque disponemos de un Salvador perfectamente justo. Lo demostró con la vida que llevó entre las personas de su época. Durante su vida y su ministerio terrenales, sus enemigos lo espiaron enviando a personas a que investigaran su vida, para intentar atraparlo en algún error. ¿Puede imaginar qué hubiera pasado si Jesús hubiese cometido un error o hubiera perdido los nervios en algún momento? Todos los ojos agudos y voraces del infierno estaban pendientes de Él, para atraparlo en algún comentario dudoso. Cuando casi había llegado al fin de sus días, se volvió hacia ellos y les dijo: “¿Cuál de vosotros puede acusarme de pecado?”. Nadie respondió.
En ocasiones, me gustaría predicar sobre la misericordia; creo que nunca lo he hecho. Por supuesto, he insertado este tema en todos mis sermones, pero nunca he hablado exclusivamente de la misericordia del Señor Jesucristo. Nuestro Señor ve lo malos que somos, pero no lo toma en cuenta, porque Él es el Señor de toda misericordia. En su gran amor, acepta a rebeldes, y hace suyas a personas injustas, pecadoras, las afirma en justicia y renueva un espíritu de rectitud dentro de ellas. Su justicia se convierte en la nuestra, y del caos nace el orden divino. Esta es la Iglesia, una comunidad de creyentes, y Él es su Señor. Él es el Señor todopoderoso.
En el Nuevo Testamento, encontramos una contrapartida a Cantar de los Cantares:
Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro; porque sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella. Otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos. Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya! Y salió del trono una voz que decía: Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, así pequeños como grandes (Ap. 19:1-5).
Esto no es un caso de histeria, sino de éxtasis; hay una diferencia. La histeria se basa en la emoción, manipulada por estímulos externos, pero el éxtasis se fundamenta en un misterio que ilumina el interior de la naturaleza humana. Esto es el éxtasis. Valdría la pena estar en una mina de sal en la isla de Patmos si uno pudiera tener una visión como esta.
La redención de todo lo perdido
Hace años, leí uno de los mejores libros que se haya escrito de su clase, Los miserables, de Víctor Hugo. En mi opinión, este contiene uno de los pasajes más tiernos y llenos de patetismo que he leído en toda mi vida. Habría que acudir a la Biblia para hallar palabras que causen una emoción tan profunda. Habla de la historia de un joven, perteneciente a la clase superior de la nobleza, y de la mujer también noble de la que está enamorado. También habla de una muchacha pálida, una golfilla de las calles de París, vestida con harapos, con el rostro blancuzco propio de una tísica. Ella también ama al noble, pero no se atreve a decirlo. El joven recurría a ella para que le llevara y le trajese notas de su prometida, y nunca se le pasó por la cabeza que aquella pobre muchacha de rostro enjuto, vestida de harapos, hubiera rendido el corazón ante él y su nobleza. Cuando lo descubrió, fue a buscarla para ver qué podía hacer por ella y la encontró tumbada en su lecho de harapos en un piso de la zona más pobre de París.
Esta vez la joven no puede incorporarse para recibirlo o para llevar una nota a su prometida. Él le dice: —¿Qué puedo hacer por ti?
Ella le responde:
—Me estoy muriendo. Dentro de poco habré fallecido.
—¿Qué puedo hacer? Dímelo, ¡lo que sea!
Y ella responde:
—¿Harías una cosa por mí antes de que cierre mis ojos por última vez? Cuando ya haya muerto, ¿podrías besar mi frente?
Sé que esto es fruto de la brillante imaginación de Víctor Hugo, pero él había visto escenas así en París. Había recorrido los barrios bajos, había visto cosas así y conocía estas situaciones. Hugo sabía que se podía maltratar a una joven, vestirla con harapos, inocularle la tuberculosis y adelgazarla tanto que el propio viento pudiera desviarla de su camino cuando avanzara por una calle mugrienta. Pero no se le podía quitar del corazón aquello que la hacía amar a un hombre.
Dios dijo a Adán: “Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Gn. 2:18). Y Dios creó a una mujer para que fuese compañía idónea para el hombre; eso es algo que nadie puede arrebatar a la naturaleza humana. Víctor Hugo lo sabía cuando escribió su novela clásica. Dentro de la naturaleza humana, están plantados el deseo y la necesidad de amar.
Nuestro Señor Jesucristo descendió y encontró así a la raza humana: tuberculosa, macilenta, pálida y moribunda, y cargó sobre sí toda la muerte de los hombres, resucitó al tercer día y llevó consigo todo el patetismo y la angustia de la vida. Ahora la humanidad yace en los brazos de su Amado. Entra a la presencia de Dios, y Él la presenta no como una pobre desgraciada miserable cuya frente besó cuando estaba ya muerta, sino como su Esposa, feliz y de mirada radiante, para ser copartícipe con todos los santos, digna de estar junto a Él como su Esposa en toda su gloria. ¿Qué autoridad tiene ella, qué derecho para entrar en la presencia de Dios?
En el Antiguo Testamento, encontramos una ilustración de esto. Abraham envió a su siervo, en quien confiaba, para buscar y traer una esposa para su hijo Isaac. Aquel siervo estaba autorizado para adornarla con joyas, como regalo de su prometido. Era el símbolo de la aceptación por parte de la novia. Ahora bien, ¿cómo podría Isaac conocer a su prometida? ¿Qué iba a distinguirla de las demás? La conocería por las joyas que llevase puestas. Él las había enviado y, cuando ella regresara con ellas puestas, la reconocería gracias a sus adornos. Por eso, las Escrituras nos dicen que Isaac aceptó a Rebeca y la convirtió en su esposa.
El Señor de la gloria envió al Espíritu Santo en Pentecostés para buscar una esposa y la conocerá por las joyas que ella lleve puestas.
¿Y cuáles son esas joyas?
Sin duda, son el fruto del Espíritu. Amor, gozo, paz, templanza, bondad, etc. La conocerá por las cosas que Él mismo le ha concedido. Cada uno de los frutos del Espíritu responde a la naturaleza de Cristo. Él mira en nuestra vida, ve lo que reconoce como suyo propio y lo acepta.
Quizá la joya más radiante sea la de la adoración, ese esplendoroso y radiante espíritu de adoración que posee la Esposa de Cristo. Es algo profundamente arraigado en la naturaleza humana. Ni siquiera la depravación de la maldad del hombre puede destruir ese impulso que nos lleva a adorar. Cuando Dios ve esa adoración, purificada por el Espíritu y por su sangre, responde y la reconoce como propia.
Nuestro Señor Jesucristo conocerá a su Esposa. Sabe quién es usted, gracias a las joyas que Él le ha concedido. “Y deseará el rey tu hermosura; e inclínate a él, porque él es tu señor”.
La escritora de himnos irlandesa Jean Sophia Pigott (1845- 1882) entendió esto y entregó al mundo la esencia de su gozo en Cristo.
Jesús, en ti reposo,
en el gozo de quien eres;
y descubro la grandeza
de tu corazón clemente.
A ti pides que yo mire,
tu hermosura es mi contento,
pues tu poder que transforma
es de mi alma el fundamento.
Estas son las marcas que llevamos y que dotan de autenticidad nuestra pertenencia a este “Señor y Padre de todos los siglos”.
Oración
Oh Dios y Padre nuestro, te damos las gracias por Jesucristo,
tu Hijo. No hemos hecho nada que podamos recordar que no
nos avergüence. No hemos hecho nada de lo que no debamos
avergonzarnos. No tenemos nada —nuestra mente, nuestros
cuerpos, nuestras almas y nuestro espíritu; nada hemos hecho excepto
lo que tú nos has concedido. No nos avergonzamos de lo que
nos has dado. Nos alegramos de ello y agradecemos profundamente
tus joyas, que adornan nuestras vidas; esas joyas muestran al
mundo a quién pertenecemos. En el nombre de Jesús, amén.
Continua en… “El Señor de nuestra ADORACIÓN”

Amados, somos hechos a imagen y semejanza de Dios Gen. 1:26,
para adorar a Dios, en Espiritu y en verdad” Jn 4:23-24
¡Jesus es el Señor!
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