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 El Arte de la Adoración Verdadera

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hgo1939
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MensajeTema: El Arte de la Adoración Verdadera   Dom Ene 04, 2015 4:53 pm

El Arte de la Adoración Verdadera*
*Permiso obtenido de Moody Monthly. (Copyright Moody Bible Institute, 1952)

Los filósofos que han notado las vastas diferencias que hay entre el hombre y la bestia, se han empeñado en puntualizar en qué residen esas diferencias. Han dicho, por ejemplo, que el hombre es el animal pensante, o que es el animal que ríe, o que es el único animal que tiene conciencia. Sin embargo, la única característica que realmente distingue al hombre de la bestia es que el hombre tiene la capacidad de adorar. Tiene la inclinación y la capacidad de adoración.
Fuera de esta condición de poder ser un adorador de Dios, el hombre no tiene otra respuesta segura para su existencia. Es el más elevado de los animales, naciendo así como muchos animales, pasando por el ciclo de su vida en la tierra y muriendo por fin sin saber de qué se trata. Si esto fuera todo para él, si no hay mayor razón de ser que la que tiene la bestia, entonces no tiene sentido que es el único animal que se angustia por si mismo, que se hace preguntas, y quiere saber del universo. Pero el hecho de que el hombre tenga estas urgencias le indica al hombre sabio que en algún lado debe existir Alguien a quién le debe fidelidad y respeto. Uno ante quien debe arrodillarse y adorar.
La revelación bíblica nos dice que ese Uno es Dios, el Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, quien debe ser adorado en Espíritu en el nombre del Señor Jesucristo, nuestro Señor. Esto es suficiente para nosotros. Sin tratar de razonarlo, tenemos que partir de ahí. Todas nuestras dudas se acaban con esta maravillosa afirmación de fe: "Señor Dios, Tú lo sabes", que según Samuel Taylor Coleridge es una de las declaraciones más profundas que hayan salido de labios humanos.
En la adoración espiritual es posible distinguir varios elementos. Entre ellos amor, admiración, asombro y adoración. Aunque no han de ser experimentados necesariamente en este orden, conque solo pensemos un poco veremos que estos elementos están presentes en todo acto de adoración verdadera.
El Antiguo y el Nuevo Testamento nos enseñan por igual que la esencia de la adoración es el amor a Dios. "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza". Nuestro Señor dijo que esto era la suma y compendio de toda la Ley y los Profetas.
Bien, el amor es tanto un principio como una emoción. Es algo para ser sentido y para ser deseado. Es capaz de poseer una cantidad infinita de gradaciones. Puede comenzar en el corazón humano de una manera casi imperceptible, y después convertirse en un torbellino que arrastra al hombre en su furia y lo deja completamente indefenso. Algo como esto debió experimentar el apóstol Pablo, porque sentía que era necesario explicar a los críticos que lo que parecía locura en él, era el amor de Dios que inflamaba su corazón.
Es prácticamente imposible adorar a Dios sin amarle primero. Tanto la Biblia como la razón combinan en afirmar esto. Y Dios, por. Su parte, no se satisface con nada sino con" todo: "todo tu corazón. . . toda tu alma. . . todo tu poder..." Al principio esto parece ser imposible, pero al tener más profundas experiencias con Dios nos preparamos para ello, y la acción interna del Espíritu Santo nos capacita después de un tiempo para ofrecer a Dios un amor puro de todo corazón.
En el amor que cada criatura inteligente siente por Dios debe haber siempre cierta medida de misterio. Aun es posible que sea enteramente misterioso, y por eso cualquier intento de hallar razones seria una mera racionalización del amor misteriosamente presente en el corazón como resultado de alguna secreta operación del Espíritu Santo dentro de nosotros, trabajando como un minero, horadando ocultamente las entrañas de la tierra. Pero si con todo se buscan razones, podemos dar a lo menos dos: gratitud y excelencia. Amar a Dios porque ha sido bueno con nosotros es la cosa más razonable posible. El amor que surge de la consideración de Su bondad para nosotros es válido, y completamente aceptable para El. Pero es sin embargo un amor de grado menor, siendo menos egoísta que el amor que surge de la apreciación de lo que Dios es en Si mismo, aparte de Sus dones.
De este modo el simple amor que sale de la gratitud, cuando se expresa en cualquier acto de expresión consciente, es indudablemente adoración. Pero la calidad de nuestra adoración se eleva cuando nos movemos del pensamiento de lo que Dios ha hecho por nosotros al pensamiento de la excelencia de Su santa naturaleza. Esto nos conduce a la admiración.
El diccionario nos dice que admirar es "mirar con aprecio maravillado, acompañado de placer y deleite; contemplar con un elevado sentimiento de placer". De acuerdo con esta definición, Dios tiene pocos admiradores entre los cristianos del día de hoy.
Muchos son los que están agradecidos por Su bondad al proveerles salvación. Cuando llega el Día de Acción de Gracias todas las iglesias hacen sonar sus campanas con júbilo porque "toda la buena cosecha está guardada en el granero". Los testimonios que dan los creyentes se basan mayormente en momentos de dolor y prueba que pasaron durante el año y de los cuales fueron librados por medio de la oración. Censurar esto seria antibíblico y antiespiritual, porque los salmos están llenos de testimonios semejantes. Es bueno y recto dar gradas a Dios por todos los beneficios recibidos. Pero, ¿dónde están los admiradores de Dios?
La verdad sencilla es que la adoración es muy elemental hasta que entra el elemento de la admiración. Mientras el creyente se está deleitando con su persona y su buena fortuna, no es más que un bebé. Comenzamos a crecer cuando nuestra adoración pasa de la acción de gracias a la admiración. Cuando nuestros corazones se elevan a Dios en admiración por lo que El es ("YO SOY EL QUE SOY"), comenzamos a compartir un poco del desinteresado placer que es la porción de los bienaventurados que están en los cielos.
La tercera etapa de la adoración verdadera es maravilla. Aquí la mente cesa de comprender y entra en una clase de delicioso asombro. Carlyle decía que adoración es "maravilla trascendente", un grado de asombro sin límites y más allá de toda expresión. Esta clase de adoración se halla por toda la Biblia (pero es honesto decir que también se hallan expresiones de un grado menor). Abraham cayó sobre su rostro, maravillado de la visita de Dios. Moisés se arrodilló y ocultó su rostro cuando estuvo ante la zarza ardiente. Pablo no sabia si estaba en el cuerpo o fuera de él cuando subió al tercer cielo y vio glorias inefables. Cuando Juan vio a Jesús caminando entre Sus iglesias, cayó a sus pies como muerto. Citamos estos como unos pocos ejemplos; la Biblia está llena de ellos.
Se pudiera decir que tales experiencias son excepcionales, y no pueden ser tomadas como la norma para el cristiano corriente en el día de hoy. Esto es cierto, pero solo de las circunstancias externas. El contenido espiritual de la experiencia es incambiable y puede hallarse dondequiera haya creyentes genuinos. Es cosa cierta que siempre que hay un encuentro con Dios, eso produce admiración y maravilla.
Las páginas de la biografía cristiana están llenas de ejemplos de hombres que se encontraron con Dios en una íntima experiencia, y no pudieron hallar palabras para expresar lo que vieron y oyeron y sintieron. Los himnos cristianos nos toman en el punto donde la prosa hace alto y no puede seguir más allá, y en las alas de la poesía nos eleva a la adoración maravillada. Abramos un viejo himnario y miremos los himnos dedicados a la adoración, y veremos qué parte ha tenido la adoración maravillada a través de los siglos.
Pero la maravilla no es todavía el pico más elevado en la cordillera de la adoración. Hay todavía una cumbre más alta que puede alcanzar el adorador que se remonta hasta el aire purísimo de la adoración verdadera. El debe adorar.
Los grandes santos de la Biblia fueron, sobre todo, extáticos amadores de Dios. Los Salmos celebran el amor que David (y algunos otros más) sentían por la persona de Dios.
Como sugerimos más arriba. Pablo admite que el amor a Dios que sentía en su pecho era una especie de locura. "Porque si estamos locos es para Dios, y si estamos cuerdos es para vosotros. Porque el amor de Cristo nos constriñe" (2 Corintios 5:13-14). La idea parece ser que Pablo estaba tan locamente enamorado de Cristo, que ese amor lo llevaba a hacer cosas extravagantes que una mente no tocada todavía por esa calidad de amor las juzga como tontas o irracionales.
La acusación más seria que quizá podría hacerse contra los cristianos modernos es su falta de amor a Cristo. El Cristo que predican los fundamentalistas es fuerte, pero difícilmente bello. Es raro hallar algún individuo que ame a Cristo con amor personal intenso. Creo que no es falta de caridad decir que gran parte de la adoración que se le rinde a Cristo entre las iglesias más conservadoras es formulista y artificial, y quizá enteramente insincera.
Muchos de los nuevos himnos y coritos en alabanza a Cristo son vacíos y carecen de convicción. Algunos son melosos y blandos, y parecen al alma reverente escritos y cantados por personas que nunca realmente conocieron a Dios tal como El es. Son canciones de amor humano, en los cuales la única diferencia que se nota es la sustitución del nombre de un amante terreno por el nombre, de Cristo.
Cuan diferente es la emoción que surge de un verdadero amor a Cristo incitado por el Espíritu Santo. Tal amor puede elevarse a un grado tal de adoración que al corazón le parece difícil soportarlo, al mismo tiempo que es serio, elevado, casto y reverente.
Cristo nunca puede ser bien conocido sin un sentido de asombro y temor acompañados de conocimiento. El es el más hermoso entre diez mil, pero también es el Señor Todopoderoso. Es el amigo de los pecadores, pero también es el terror de los demonios. Es manso y humilde de corazón, pero también es Señor y Cristo que ha de juzgar a todos los hombres. Ninguno que lo conoce a El personalmente puede ser frívolo en Su presencia.
El amor de Cristo hiere y cura al mismo tiempo; es fascinador y atemorizante, mata y hace vivir, atrae y repele, es sobrio y arrebatador. No hay nada más terrible o más maravilloso que ser golpeado con amor por Cristo tan profundamente que todo el ser entra en dolorosa adoración de Su persona, una adoración que conturba y desconcierta, mientras purifica y satisface y encalma lo más profundo del corazón.
Este amor como una clase de fragancia moral puede ser detectado en las vestiduras de todos los santos. En los escritos de Agustín, obispo de Hipona, por ejemplo, esta fragancia es tan fuerte que casi intoxica. Hay pasajes en sus Confesiones tan apasionadamente dulces que son casi insoportables, pero todavía tan respetuosos que excitan la piedad hacia un hombre que adora maravillado de rodillas, capturado entre un santo amor y un igualmente santo temor.
La lista de los santos fragantes es larga. Incluye hombres y mujeres de todas las tendencias teológicas, pero todos ellos encuadrados dentro de la verdadera fe cristiana. Abarca a personas de toda condición social, todo grado de educación, y cada raza y color. Este radiante amor por Cristo es para mí la única prueba de auténtico cristianismo, y una segura prueba de poseer membresía en la iglesia universal.
Resta por decir solamente que la adoración tal como la hemos descrito aquí es hoy en día casi un arte perdido. Gracias a Dios que no está del todo. Porque cualquier cosa que se diga de los cristianos evangélicos bíblicos de nuestros días, no es posible decir que se destacan por su espíritu de adoración. El evangelio predicado por los buenos hombres de nuestro tiempo, puede salvar almas, pero difícilmente hace adoradores.
Nuestros cultos se caracterizan por la cordialidad, el buen humor, la afabilidad, el celo, y un alto espíritu animal; pero cuesta hallar reuniones marcadas por señales de la grandiosa e imponente presencia de Dios. Nos preocupamos más que haya buena doctrina, himnos alegres, personalidades agradables y entretenimientos religiosos.
Cuan pocos, cuan penosamente pocos son los santos verdaderos que languidecen de amor por Cristo. La dulce "locura" que visitó a hombres como Bernardo de Claraval y Francisco de Asís, Richard Rolle y Jonatan Edwards y Samuel Rutherford es escasamente conocida en nuestros tiempos. La adoración apasionada de Teresa y Madame Guyon son cosas del pasado. El cristianismo ha caído en las manos de líderes que no conocen a Jesús. La memoria de los buenos días está pasando de nosotros y un nuevo tipo de persona religiosa está emergiendo. ¡Cómo se ha oscurecido el oro y, la plata se ha empañado!
Si el cristianismo bíblico ha de sobrevivir al trastorno mundial de hoy, tenemos que recuperar el espíritu de adoración. Necesitamos una fresca revelación de la grandeza de Dios y la belleza de Jesús. Necesitamos dejar de lado nuestras fobias y nuestros prejuicios contra la vida espiritual más profunda y buscar otra vez ser llenos con el Espíritu Santo. Solamente El puede levantar nuestros fríos corazones hasta el éxtasis y restaurar otra vez el arte de la verdadera adoración.
A.W. Tozer
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