El derecho de Cristo
A RECIBIR ADORACIÓN
Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, si halláis a mi amado,
que le hagáis saber que estoy enferma de amor. ¿Qué es tu amado
más que otro amado, oh la más hermosa de todas las mujeres?
¿Qué es tu amado más que otro amado, que así nos conjuras?
Mi amado es blanco y rubio, señalado entre diez mil. Su cabeza
como oro finísimo; sus cabellos crespos, negros como el cuervo. Sus
ojos, como palomas junto a los arroyos de las aguas, que se lavan
con leche, y a la perfección colocados. Sus mejillas, como una era
de especias aromáticas, como fragantes flores; sus labios, como
lirios que destilan mirra fragante. Sus manos; como anillos de
oro engastados de jacintos; su cuerpo, como claro marfil cubierto
de zafiros. Sus piernas, como columnas de mármol fundadas
sobre basas de oro fino; su aspecto como el Líbano, escogido como
los cedros. Su paladar, dulcísimo, y todo él codiciable. Tal es mi amado, tal es mi
amigo, oh doncellas de Jerusalén.
Cantar de los Cantares 5:8-16
Este pasaje de Cantar de los Cantares es una parábola de nuestra relación con aquel llamado “el Pastor”. El escritor se recrea en los detalles maravillosos de esa relación. Nuestro Señor es el Pastor; la Iglesia redimida es su bella Esposa. En una hora de necesidad, esa Esposa dice a las doncellas de Jerusalén entre las que habita: “Si encuentran a mi amado, díganle que estoy enferma de amor”. Naturalmente, ellas preguntan: “¿En qué sentido tu amado es más que otro amado, para que nos pidas semejante cosa?”.
Es una pregunta legítima, y el mundo tiene derecho a preguntárselo a la Iglesia. Si esta insiste que el Señor es merecedor y un amante digno, entonces el mundo tiene derecho a preguntar qué tipo de amado es. ¿Por qué tenemos que glorificarlo? “¿Qué es tu amado más que otro amado...?”.
Hay otros que se presentan candidatos para la admiración y la adoración del mundo, de modo que, ¿por qué este? ¿Qué cualidades tiene que lo hagan digno?
Señor de todo
En el libro de Salmos, David habla de esto: “Rebosa mi corazón palabra buena; dirijo al rey mi canto; mi lengua es pluma de escribiente muy ligero. Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios... Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos; desde palacios de marfil te recrean” (Sal. 45:1-2,
. Este salmo es una descripción arrebatada de este rey pastor que enamora a la joven esposa. Si formulásemos a Pedro esta pregunta, él diría: “Es el Señor de todo”.
El propósito y el centro de nuestra adoración no es otro que el propio Señor, nuestra justicia, el Señor Jesucristo. Él es Señor de todo, y para poder adorarlo en justicia debemos saber de qué es Señor y por qué debemos amarlo.
Esta es una consideración justa. ¿Por qué es más que cualquier otro hombre? Además, ¿por qué debemos adorarlo? Podemos adorar a Jesucristo hombre sin caer en la idolatría, porque Él también es Dios. Mediante el misterio de la unión teantrópica.
Él ha unido la humanidad con la deidad. Jesucristo es divino y humano en naturaleza, y ha llevado la humanidad ante Dios porque Él mismo es Dios. Por lo tanto, Jesús pudo decir sin mentir que “quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9).
Tenemos confianza en que, cuando adoramos al Señor Jesús, no desagradamos al Padre, porque adoramos al Padre en Él. Este es el misterio de la unión hipostática, que nos vincula para siempre con Dios por medio del Señor Jesucristo.
Voy a dividir el tema para que podamos comprenderlo mejor. Empecemos con un himno maravilloso de Oliver Wendell Holmes (1809-1894):
Señor de todo ser, en lo alto encumbrado,
tu gloria reluce en el cielo estrellado;
centro y potencia de cualquier esfera,
¡mas cercano te muestras al corazón que espera!
El escritor de este himno no dijo: “Señor de todos los seres”, sino “Señor de todo ser”, que es algo menos y algo más. Él es el Señor de toda existencia. Es el Señor de todo tipo de seres, el Señor de todos los seres espirituales y los naturales, así como los físicos. Es el Señor de toda existencia, y cuando lo adoramos, abarcamos a todos los seres.
Algunos se entregan a las disciplinas de la ciencia, la tecnología, la filosofía, el arte y la música. Cuando adoramos al Señor Jesucristo, abarcamos todas las disciplinas, porque Él es el Señor de todas ellas. Por lo tanto, Él es Señor de toda existencia y enemigo de toda inexistencia. Es el Señor de toda vida.
Esto es fundamental para entender correctamente que Jesucristo es el Señor de toda vida: “(porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó)” (1 Jn. 1:2).
Carlos Wesley entendía esto y lo expresó en su himno inmortal “Cariñoso Salvador”:
Otro asilo no he de hallar,
indefenso acudo a Ti;
voy en mi necesidad
porque mi peligro vi.
Solamente Tú, Señor,
puedes dar consuelo y luz;
a librarme del temor
corro a Ti, mi buen Jesús.
Continua en… Señor de la creación
“Amados, somos hechos a imagen y semejanza de Dios Gen. 1:26
para adorar a Dios, en Espiritu y en verdad” Jn 4:23-24
¡Jesus es el Señor!